MILES DAVIS Y SU BUSQUEDA CONSTANTE DE EMOCIONES
No toco rock, yo toco negro, masculló Davis en una ocasión. «Nunca me gustó el jazz que los blancos nos metieron. Ahora tocamos lo que la época nos pide. No se puede tocar en 1975 la chatarra que había en 1955″.
Dicho y hecho. Durante todo el primer quinquenio de la década del setenta el inquieto trompetista se volcó de lleno a examinar las posibilidades del uso de instrumentos electrónicos, la densidad de las percusiones y las varias guitarras, el repetitivo beat del funk-rock, las reiteradas figuras del bajo, los sonidos distorsionados y la compleja multiplicidad que podía obtenerse de una recargada sección rítmica.
Nada volvería a ser igual que antes y las creaciones de Davis terminaron por dividir al mundo del jazz. Por un lado quedaron los desorientados que no aceptaron esas experiencias y por otro los fanáticos que saludaron la genialidad que proponía nuevos caminos.
«Get up with it» reúne ocho composiciones del director ejecutadas por músicos que alcanzarían poco después un elevado grado de popularidad. Las grabaciones no están ordenadas cronológicamente en este álbum, por lo que se sugiere ver las fechas respectivas en el librillo y escucharlas en el orden correcto.
La primera es «Honky Tonk», un tema funky con reminiscencias de rhythm and blues, con las presencias de Herbie Hancock, Keith Jarrett, John McLaughlin, Billy Cobham, Airto Moreira y otros. El que realmente importa es Miles, cuyo solo de trompeta abierta, sin electrificar, suena bastante clásica.
«Red China blues» también se enraiza en el pasado, con armónica, dos baterías y arreglo orquestal, mientras que «Rated X» tiene a Davis tocando largos acordes de órgano sobre un ritmo denso y macizo provisto por Badal Roy (tabla), Al Foster (batería), James Mtume Foreman (percusión) y el sitar eléctrico de Khalil Balakrishna.
Tres meses después se grabó «Billy Preston», con el agregado de Carlos Garnett en saxo soprano y largas series de notas en staccato desparramadas por los diferentes instrumentos sobre un ritmo abrumador. De 1973 es «Calypso Frelimo», treinta y dos minutos de duración, con Dave Liebman en flauta y John Stubblefield en saxo soprano. Es interesante el solo de Davis en medio de una versión que arranca con ímpetu dinámico, luego se transforma en calma meditativa y finaliza con doce minutos de agresivo ritmo tecno-funk. La misma duración tiene «He loved him madly», dedicado a Duke Ellington cuatro semanas después de la muerte del maestro. La pesadez rítmica deja lugar aquí a un clima lúgubre que contagia tristeza y abatimiento. Davis usa el órgano y la trompeta con efectos electrónicos, las tres guitarras esparcen toques aislados, el ritmo es repetitivo y la obra termina porque sí, dejando la sensación de que podría haber seguido media hora o más.
Finalmente, «Maiysha» y «Mtume» tienen a Sonny Fortune en flauta y Davis manipulando el órgano, pero es el percusionista Mtume el que impone una apabullante pulsación africana en forma opresiva, ayudado por Al Foster y el tozudo bajo eléctrico de Michael Henderson.
Todo este material tuvo más asidero en el acid-rock que en el jazz. Con ello las formas conocidas del jazz fueron reemplazadas por un nuevo lenguaje en el que predominaban las atmósferas, los ritmos explosivos, la viscosidad electrónica y las secuencias sicodélicas, al mismo tiempo que desaparecieron los conceptos de swing, el uso de acordes y las estructuras tradicionales.
Miles Davis así lo buscó porque le atrajo más público joven y le resultó más redituable desde el punto de vista comercial. Para muchos, sin embargo, «Get up with it» fue una obra de alta creatividad.
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