En San Pablo. Uruguay está representado por El Galpón

Muestra latinoamericana de teatro

La muestra se desarrolla bajo la dirección de Ney Piacentini y la coordinación general de Alexandre Roit. El 4 de mayo, en medio de un «café da manhá», modesto nombre que en Brasil suele significar «majestuoso desayuno», nos presentamos todos; acto seguido comenzó la música, en la pasarela de la estación de subterráneo «Vergueiro», a cargo de «Samba da Vela» y todo el mundo se puso a bailar: niños, jóvenes, hombres y mujeres maduros, ancianos y algún vagabundo que pasaba se movieron a compás. Nuestra tutora la profesora, actriz, conferencista y activista política Marília Carbonari mostró de inmediato el ritmo que la mueve arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha sin que se le alteren la respiración, el porte o la sonrisa.

La dirección de la Mostra dispuso que los cuatro críticos invitados (Edgar Olimpo de Souza y Sérgio Maggio de Brasil, Patricia Devesa de Argentina y el que suscribe de Uruguay) comentaran cada uno siete obras, a entregarse antes de medianoche para ser publicados al día siguiente en el diario de la «Mostra».

*»El último ensayo», del grupo peruano Yuyachkani (en quechua: «estoy recordando, estoy pensando»), nos dejó desconcertados, admirados y fríos. Habíamos apreciado, en el festival de Cádiz de 2008, su «Kay Punku» (La puerta): con sus atinadas incursiones en el folclore, su valiente definición política. Aquello tenía color y sabor, y los medios expresivos se acercaban a la perfección. Pero esta misma perfección se vuelve aquí contra Yuyachkani. El grupo de actores que ensaya en un cine vacío un homenaje a Yma Sumac, chocó con algunos de los más frecuentes escollos de las creaciones colectivas: las charlas intrascendentes de los actores mientras se preparan, los momentos en que todos tratan de hacer lo que quieren y además tratan de impedir que los otros hagan y, por sobre todo, la mezcla de estilos resultante. Por momentos aquello parecía «Les éphémeres» de Ariane Mnouchkine, a veces era «La Zaranda», otras «Les Luthiers». Nos resultaron incomprensibles las alusiones a José Carlos Mariátegui, fuera de contexto como las referencias a César Vallejo, superfluos los textos proyectados sobre la pared del fondo del escenario; y nada entendimos de los episodios finales, con las máscaras estridentes y la mujer lisiada con un sombrero mal puesto. Abrumadoramente sobreescrito, «El último ensayo» parece fuera del tiempo, pese a las proyecciones de personajes históricos que van del Che Guevara a Pinochet sin omitir a Chaves y Correa. Hay una sucesión de artesanías (y de artificios) que podemos admirar, sin emoción; pero los brillos parciales no cuajan en una obra única y redonda.

*»A Brava», por «A Brava Companhia» de Sao Paulo «propone una reflexión sobre los objetivos, rumbos y decisiones de cada individuo, y su postura ante las consecuencias de estas decisiones… la saga de la heroína francesa es mostrada en forma épica…» Aquella introspección no existe; en cuanto a la «saga de la heroína francesa», la obra muestra una clara referencia a las ideas de Bertolt Brecht, que trató el tema de Juana de Arco no menos de tres veces («Santa Juana de los mataderos», «Las visiones de Simone Machard» y «El proceso de Juana de Arco») y que utilizó en sus obras, como aquí, música y canciones; pero aquí termina la aproximación de «A Brava» a la obra de Brecht.

La historia de Juana, y sobre todo el sorprendente destino de su figura después de su muerte, con su canonización, por razones políticas, en 1920 por razones daba para revisar a fondo la historia de las relaciones entre la Iglesia y los poderes; pero «A Brava» no da un solo paso en esa dirección. Asistimos a una narración lineal, sin más modificaciones sobre la leyenda que el comienzo, en la escena de la hoguera, de la que Juana sale tocando el acordeón piano y el final, en que Juana es condenada a prisión perpetua. La realización de este sencillo plan es harto simple y hasta infantil; y por momentos «A Brava» parece dirigida a un público infantil. El tono dramático se degrada muy pronto a la comicidad propia de los payasos, toda visajes, muecas, distorsiones vocales, circunstancias y, salvo el caso de Juana, sobreactuación. El espectáculo deviene una serie de estridencias escénicas acompañadas por una incesante percusión; sobreagudo que es imposible sostener sin causar un decidido aburrimiento. Como así y todo no se redondea la obra o no se llega al tiempo de duración previsto, el grupo agrega la muerte de Jesús, la de Sócrates, los ninjas, los gangsters con sus ametralladoras e innúmeros gags laterales, algunos temerariamente repetidos, como el pinchazo con la corona, siempre seguido de un gemido de dolor, no bien se la ciñe una frente augusta.

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