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Dibujos y grabados del escultor Chillida

En un país de grandes escultores en el siglo XX, el español Eduardo Chillida (1924- 2002) ocupa un lugar preferencial por la originalidad de su obra y su diseminación internacional.

Toda su producción está marcada por la tradición ibérica, vasca en particular, hecha de formas primeras, esenciales y sencillas de profunda significación metafísica. Todas obedecen a una férrea unidad interior, a una ética del comportamiento del artista y en especial, la incorporación de sus piezas monumentales al paisaje de su tierra natal. Ese ancho y universal prestigio se hizo extensivo a sus trabajos en papel. Dibujos y grabados se multiplicaron (en los cuatro tomos del catálogo razonado se registran 600 grabados) con la misma austera grandeza que en las esculturas. El blanco y el negro son los absolutos dueños de la composición que sigue en paralelo a la estética del volumen y el espacio reales. Hay un diálogo íntimo entre ambos lenguajes, que se desdoblan y adquieren plena autonomía sin que unos anuncien o anticipen a los otros. Cada dibujo o grabado es una obra acabada, no un boceto o preparación de la escultura. Lo mismo sucede con las gravitaciones.

La sala noble del Centro Cultural de España hospeda, hasta el 27 de junio, Chillida: la poética del papel.. Son obras fechadas entre 1971 y 1992, provenientes del Museo Fundación Chillida-Leku e instrumentadas por el curador Julio Nieba.con especial tacto en el montaje. Las obras se distribuyen en tres vertientes. Las Gravitaciones surgieron del rechazo a la cola y al collage por Chillida y el descubrimiento de que podían, las diferentes partes del dibujo, estar unidas por hilos. Así, produjo, de inmediato, una relación espacial entre las partes recortadas que se sostienen con levedad en la pared, establecen profundidades con la iluminación, interrumpen el recorrido de la línea, atrapan el vacío del segundo plano, sugieren una movilidad más compleja que la que transcurre en la superficie única. Como sucede en la música de Bach a la cual están dedicadas en homenaje.

Chillida comenzó el acto de grabar a partir de 1959 y continuó el resto de su vida. Experimentó diferentes técnicas (en planchas de madera o xilografía, en piedra o litografía, o el delicado tamiz de la serigrafía) aunque prefirió indagar los recursos del aguafuerte y el gofrado, donde puede introducir la sensibilidad personal y establecer un contrapunto entre las formas fuertemente marcadas en negro y las variaciones en exquistos grises.y diferentes texturas. Todavía, estalla la figuración de la mano, su propia mano, en exclusividad referencial, el instrumento que, al igual que en los dibujos, posibilita la creación. La mano que se abre y se cierra, dedos que se cruzan reveladores del vigor físico del escultor.

Una mano que teniendo una gran facilidad para dibujar con la mano derecha, se convierte en un obstáculo para la creación que persigue, una mano tan hábil que se adelanta al pensamiento y por lo tanto decide utilizar la izquierda y así lo declaró: «Siempre he tenido una facilidad grande para dibujar, pero había una serie de cosas sobre las que yo no veía cómo iba a tener control. Un día me di cuenta de que probablemente lo que me apartaba del camino para profundizar más era precisamente la facilidad de mi mano, es decir, mi mano no solamente no me ayudaba sino que me entorpecía. Tomé la decisión esa misma noche. Una noche realmente decisiva porque marcó toda mi vida, poniéndome en contra de todo aquello que te puede acercar a la facilidad. Decidí dibujar con la mano izquierda. Fui al Círculo de Bellas Artes y así lo hice por amor a la dificultad. Ante una torpeza, la cabeza llegaba antes que la mano, mientras que hasta entonces mi mano iba delante de la cabeza y de la sensibilidad. Esta decisión fue fundamental y la he aplicado en todos los campos a lo largo de mi trayectoria como escultor». La ética de un creador mayor.

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