En escena. Los guapos, de Julio César Castro, en la Vieja Farmacia Solís

Contando hazañas en un boliche

No reconocimos en la Vieja Farmacia Solís a ese personaje que tenía a la vez la facha de un Don Quijote sano y cuerdo, la gracia popular de toda la picaresca, un aire resabido como de un Onetti suburbano y optimista y un suave resplandor como si acabara de atravesar los ensueños de Carroll. No lo reconocimos ni en Reyno ni en Vidal; la cantante, Laura González, venía de otro universo. Nada provenía ni de «El resorte» ni del novecientos; y la Vieja Farmacia Solís, con su botellerío artesanal y ciudadano, con gente bien vestida que bebían vino de marca y masticaba mortadela en rollitos estaba en las antípodas del ámbito, nunca descrito pero imborrable en la memoria, de «El resorte».

Pensamos también que los esquicios radiales de «Los guapos», que compartía Juceca con Horacio Buscaglia, que siempre nos parecieron fatigosamente improvisados, no fueron ni lo mejor ni lo más característico de su producción.

Pero lo peor es que aquello no tiene carácter. No eran ni Juceca ni el gallego Vidal, aunque cada tanto aparecían, extraviados como «El cuento perdido», sus gracias, sus chistes y sus chispas.

Se intentó algo tan romo como una evocación cómica de supuestos guapos de antaño, los que si alguna vez fueron no lo son ya, o que lo fueron sólo en su imaginación. El tema es tan añejo que la audición radial parecía una glosa del tango, mucho más satírico que este «Los guapos», «As de cartón» de Viapiana, González y Barbosa, que termina con aquel «Ya no habemos más guapos, viejo/ qué le vas a hacer/ todo acabó». Pero «As de cartón» es de comienzos del siglo XX; y la desvaída sátira a los guapos que ya no son está pasada de moda.

Ese esquema, pasado al café concert, no logra olvidar su origen radial. Por más idas y venidas, por más vueltas y revueltas de los actores, todo es contado, rememorado, narrado hasta el aburrimiento. Nada es vivido en la escena: si «Los guapos» carece de escenas teatrales, abunda en largos relatos sobre traiciones de paicas y grelas; todo ello con el adorno, que también suele llegar a contrapelo de la acción, de chistes y guasadas que, a veces, nos hacen reír. Hay también tangos, cantados por Laura González; pero equivocadamente se los eligió entre los no satíricos, diríamos que entre «los serios», lo que quiebra la atmósfera de solfa que los actores intentan crear. Son canciones que irrumpen de improviso, a veces a contramano de una acción que no los requiere, porque se espera algún tango; y se lo espera sólo porque hay una mujer con un traje rojo muy ajustado y un guitarrista.

Tampoco reconocimos a Reyno o a Vidal. Ninguno de los dos nos pareció desenvuelto, a sus anchas. Es posible que les incomodara el vestuario, trajes que no acostumbran llevar; pero el gran problema es el escenario. La Vieja Farmacia Solís condiciona sus espectáculos; los quiere de cierto género, que casi nunca es teatro y que a veces ni siquiera llega a café concert.

El salón tiene dos partes: la del frente es alargada y estrecha, con molestas columnas; pero la acción y el canto, así sea forzadamente, tienen que llegar hasta allí, porque hay mesas, sillas y un público que pagó una entrada.

La parte que está más al fondo y rodea un escenario, es la única que puede utilizarse razonablemente. Pero «Fontanarrisa de boliche» fue un éxito; y el perfume del éxito es más adictivo que la pasta base.

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