Divorciadas y vegetarianas: charlatanas y bocasucias
Cristina Cabrera es la humilde divorciada, seguramente sirvienta, a la que se adjudica un acento portugués que debemos creer cómico en sí mismo; la pobre proyecta suicidarse bajo las ruedas del tren subterráneo, sin duda harta de hacer el ridículo con su forma de hablar.
La escenografía es, mayormente, una blanca pantalla donde se proyectan hasta la exasperación, para que nos convenzamos de que aquello es un andén, trenes que llegan y que parten.
No recordamos que en la obra suceda nada, fuera del hecho negativo de que el personaje de Cristina Cabrera no se suicida. Recordamos que las tres conversan, divagan, cantan y bailan; nunca se sabrá por qué, dado que la obra no es un musical ni se ve a qué viene el movimiento, al que el programa llama, injustamente, coreografía (Daniela Marotta) y el sonido (Carlos García y Ariel Colacho Rodríguez).
Recordamos sí la insistencia en expresiones como «¡Andá a la mierda!» y «Dejate de joder» que el texto, o mejor, posiblemente, la adaptación de Hugo Blandamuro prodigan hasta que no significan nada, ni siquiera un énfasis, un arrebato de ira, un desahogo. Las actrices nos disparan estas brillantes frases, creemos que por un penoso sentido del deber. Hay que hacerlo, la gente quiere reír, etcétera.
Ya sabemos que basta un puntapié en el trasero de un hombre de frac o una torta de crema en la cara para hacer reír; ahora resulta que un acento portugués es risible, como el acento inglés con que hacía reír Parravicini en «Gente bien», a comienzos del siglo XX; suponemos que, recíprocamente, diálogos en inglés con acento rioplatense harán reír a los espectadores de Chicago o Miami. Pero también reímos cuando nos hacen cosquillas; y ya llegará la «obra reidera» «con mucho humor» que consista en cosquillas producidas por un artefacto incluido en la butaca.
Como máquina, «Divorciadas y vegetarianas» no es más fina; tiene el inconveniente de que da lástima y que las risas, si llegan, tienen regusto amargo. Por momentos parece presenciarse el cumplimiento de un penoso deber, que se rematará, si cuadra, con el final heroico de «¡Nosotros nos divertimos tanto»! Pero es suficiente sentirse un esclavo para ser un esclavo.
DIVORCIADAS Y VEGETARIANAS, de Gustavo Ott, con Daniela Marotta, Myriam Campos y Cristina Cabrera. Luces de Nicolás Ausserbauer, vestuario de Cristina Cruzado, música de Carlos García y Ariel Colacho Rodríguez, coreografía de Daniela Marotta, dirección general y puesta en escena de Hugo Blandamuro.
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