Un retratista de la decadencia del ser humano contemporáneo
En «Viaje a la ficción», el laureado novelista peruano Mario Vargas Llosa construye un revelador ensayo en torno a la obra del magistral narrador compatriota Juan Carlos Onetti, que abunda en referencias a la personalidad del creador y a su tiempo histórico.
Vargas Llosa, que ha confesado reiteradamente su respetuosa admiración por el autor de «El pozo», es, sin dudas, una de las plumas más relevantes de la literatura hispanoamericana contemporánea.
Ese sentimiento de veneración hacia quien considera con absoluta justicia uno de los más grandes maestros de la narrativa moderna, indujo al escritor incaico a asumir la ardua empresa de explorar los territorios del siempre complejo y controvertido universo onettiano.
Sin dudas, el proyecto constituía un desafío realmente fascinante, que supuso no sólo encarar la minuciosa relectura de los libros que condensan la obra de Onetti, sino también examinar algunas facetas relevantes de su peculiar personalidad y de su peripecia vital, al cumplirse, este año, el primer centenario de su nacimiento.
Obviamente, la elaboración de este ensayo demandó un trabajo de investigación, que requirió la recopilación y análisis de reseñas, notas periodísticas y las escasas entrevistas otorgadas por Juan Carlos Onetti.
Aunque la bibliografía sobre su vida y su obra es abundante, el escritor uruguayo sigue siendo una atrapante materia de estudio, tan laberíntica e intrincada como sus propios cuentos y novelas.
El creador apela a toda su reconocida solvencia y oficio para la escritura, con el propósito de descubrir o redescubrir nuevos ángulos de observación e interpretación de la épica literaria onettiana, con la perspectiva y la maduración que otorga el tiempo.
En ese contexto, inicia su periplo con un prolongado prólogo, en el cual ensaya una reflexión acerca de la génesis de la ficción, desde la primigenia tradición oral hasta la era contemporánea.
El aporte, que tiene un indisimulable sesgo académico, revela la reconocida personalidad narcisista de Vargas Llosa, quien despliega su habitual erudición y se transforma a sí mismo en protagonista, al aludir a un episodio autobiográfico.
Ese ejercicio de autocomplacencia se reitera en el decurso de la obra, cuando el novelista peruano recuerda otras anécdotas que lo tuvieron como actor principal y hasta emite juicios de valor no siempre compartibles.
Vargas Llosa evoca los orígenes de Juan Carlos Onetti, a quien define como un empedernido soñador y un ávido lector, lo cual, sin dudas, coadyuvó en forma determinante a edificar su identidad creativa. Tampoco soslaya su temperamento hosco, solitario y depresivo.
Las referencias biográficas operan como soporte para la ardua operación de rescate del Onetti hombre, cuyo espíritu emancipado lo indujo prematuramente a emigrar rumbo a Buenos Aires, una ciudad que resultaría crucial tanto para su crecimiento personal como intelectual.
Alternando la narración de la peripecia vital del escritor como el análisis de su obra, la pluma de Vargas Llosa se estaciona en «El pozo», la ópera prima de Onetti, que ya insinuó el espíritu radicalmente inconformista que identificaría a su obra.
Esta novela, editada originalmente en 1939, marcó el rumbo cardinal de una estética absolutamente rupturista e iconoclasta, tanto en lo que atañe a la técnica narrativa como a la creación de ambientes y personajes.
Naturalmente, Vargas Llosa otorga particular relevancia a la carrera periodística del novelista y cuentista uruguayo, que alcanzó su cima en el emblemático semanario «Marcha».
En las columnas de opinión publicadas en ese medio de prensa independiente, Onetti se transformó en un severo crítico de la literatura nativista, a la cual imputó falta de objetividad y una visión epidérmica y complaciente del ser nacional.
En el primer capítulo de este libro, el escritor peruano se introduce en el análisis y la interpretación de «Un sueño realizado» y «Bienvenido, Bob», que considera dos obras maestras.
También explora los territorios de la removedora «Tierra de nadie», que confirma la siempre inclaudicable predisposición del autor por la construcción de un universo literario tortuoso, de fuga y abrumador desencanto.
Los dos siguientes capítulos los consagra a decodificar las claves de Santa María, el paraje mítico que, a partir de la magistral novela fundacional «La vida breve», comenzó a cobijar a las atribuladas criaturas literarias nacidas de la pluma del inconmensurable narrador.
Vargas Llosa se introduce bajo la castigada epidermis de esa agobiada fauna de perdedores, integrada por proxenetas, prostitutas, mentirosos, delincuentes, corruptos, estafadores o meros fabuladores.
Ese imaginario paraje geográfico huérfano de pasado y futuro, constituye la encarnadura misma de la perpetua tragedia de los personajes del genial escritor.
El novelista peruano asume un minucioso examen de la condición humana expuesta a situaciones límite, sugiriendo la intrínseca relación entre la ficción y la realidad.
Vargas Llosa se detiene particularmente en dos obras referentes de Onetti, que, a su juicio, son las más políticas de toda su obra: «El astillero» y «Juntacadáveres».
No es casual que el narrador incaico enfatice la indudable gravitación de estos dos títulos en el conjunto de la obra de Onetti, por haber sido concebidos y publicados en un momento histórico de crisis terminal del denominado mito de la Suiza de América.
Alternado profundas relecturas de los libros con insoslayables referencias históricas e ilustrativas anécdotas, Mario Vargas Llosa analiza toda la producción onettiana, que concibe como un conjunto y una unidad indivisible.
En ese contexto, Vargas Llosa decodifica las emociones de los personajes nacidos de la aguda pluma del autor, explorando sus efímeras grandezas, sus derrotas, sus frustraciones y sus siempre dramáticas miserias.
Al aludir a las eventuales influencias literarias en la obra de Onetti, el ensayista no soslaya a William Faulkner- un auténtico referente intelectual- Roberto Arlt, Céline y Borges, entre otros.
Sin embargo, admite que Onetti fue un escritor de identidad creativa propia, que tuvo la virtud de condensar -como pocos- las diversas vicisitudes y angustias existenciales del ser humano.
En un giro inconveniente, que desluce la calidad global de este trabajo, Vargas Llosa se sale de contexto cuando aprovecha la oportunidad para fustigar ácidamente a los supuestos «mesiánicos» que, a su juicio, serían responsables del estancamiento del continente. En ese contexto, no puede sorprender a nadie que critique a Fidel Castro, al «Che» Guevara y hasta al propio Hugo Chávez.
También es altamente cuestionable su interpretación de la historia reciente de nuestro país. Pese a que demuestra estar informado de lo que sucedió, exhibe una sorprendente miopía para la valoración de los procesos a los cuales alude.
Aunque es un plausible material de análisis y hasta de consulta, «El viaje a la ficción» no aporta ángulos demasiado novedosos al análisis de la vida y la obra de nuestro Juan Carlos Onetti.
El ensayo está escrito con la habitual solvencia del avezado escritor peruano, quien corrobora su reconocida sabiduría literaria y erudición. Sin embargo, incurre en el pecado de la soberbia, cuando reflexiona en torno a fenómenos históricos uruguayos que demuestra no haber comprendido cabalmente.
(Editorial Alfaguara)
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