El reposo del antiguo guerrero
En la anécdota, Walt Kowalski (Eastwood) es un veterano de la Guerra de Corea que acaba de perder a su mujer, no se lleva demasiado bien con el resto de su familia y vive solitariamente en un barrio donde una colonia asiática se está asentando progresivamente.
Heredero del concepto patriótico más puro del «american way of life», el antiguo guerrero presenta su resistencia personal atrincherado en la casona mientras ve pasar un nuevo mundo que le resulta extraño y hostil.
En este estado de situación, un joven inmigrante acicateado por una pandilla de infanto juveniles Hmong es puesto a prueba para integrar dicha banda si logra hurtar un codiciado tesoro: el automóvil Gran Torino 1972 que el viejo lobo guarda celosamente ya que fue ensamblado por sus propias manos en la fábrica Ford donde trabajó por décadas.
El resto del acontecimiento resulta previsible; el robo fracasa pero dicho incidente marca una peculiar relación entre ambos ya que la familia del joven lo obliga a trabajar para «el hombre blanco» reparando así la deuda moral y el desprestigio que ha causado. Sin embargo, el episodio que puede impresionar de una simpleza básica contiene un alegato conciso y provocador sobre la tolerancia por encima de la xenofobia.
Casi sin darse cuenta, el espectador (al igual que el protagonista) va descubriendo e integrándose a una diversidad que posee tantos puntos en común y valores como los que ostenta el estadounidense promedio que representa el personaje del filme.
Es un proceso relativamente lento pero iluminador en el que Eastwood, haciendo honor a su acotado histrionismo logra, con dos o tres gestos de su repertorio facial, dibujar acertadamente el perfil de anciano cascarrabias mientras el círculo narrativo va cerrándose en forma prolija. Esa prolijidad coloca cada pieza del puzzle (cierta enfermedad en proceso, una dilatada confesión al sacerdote del barrio, la nobleza de un universo social por conocer) en el debido lugar, sin mayores estridencias y esmerada concisión expositiva. Esmero que se acompaña con la austeridad de una puesta en escena casi estacionada en la unidad de lugar (la casas lindantes y alguna otra vuelta a la esquina para conocer el resto del barrio) y un guión recortado por frases breves.
Calificar al filme de minimalista, sin embargo, no resultaría una definición adecuada aunque ese corte independiente de historia chica y emotiva queda flotando en el aire cuando baja el telón. Vale la pena, sin dudas.
Gran Torino. (Estados Unidos, 2008). Dirección: Clint Eastwood. Guión: Nick Schenk a partir de una historia de Dave Johannson y Nick Schenck. Producción: Clint Eastwood, Robert Lorenz y Hill Gerber. Con Clint Eastwood, Bee Vang, Ahney Her, Christopher Carley, John Carroll Lynch, Brian Haley, Geraldine Hughes, Brian Howe y William Hill.
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