Lombrices, de Pablo Albarello, en El Tinglado

Dramaturgia a ras de suelo

Si alguna justificación tiene «Lombrices» es el contraste del mundo exterior, representado nada menos que por un incendio, con la indiferencia y ensimismamiento, tan próximos a la muerte de los ancianos, aquí dos mujeres.

El tema es muy conocido: fue tratado hermosamente por Gorostiza en «Aeroplanos» y por David Mamet en «Variaciones sobre el pato». En esta versión tenemos dos carencias. La primera es la chatura, desesperante, del texto. Es cierto que los viejos divagan, que se agreden, a falta de cosa mejor, que se transportan al pasado con demasiada facilidad. Pero el artista no puede estar a la altura de sus personajes. Debe hablar su idioma, sus carencias; pero con esas pequeñeces debe construir algo bello; y los diálogos de Albarello no son mejores que las conversaciones triviales que oímos en la feria o en el ómnibus.

La segunda falla está en la dirección, y viene por el mismo camino. Lucila Irazábal nos presenta una obra tan estática y lineal como sus personajes; y lo que es peor, admite o marca una dicción monocorde, donde la representación de mujeres por actores hombres (Adhemar Rubbo, Fernando Gallego) no tiene matices.

LOMBRICES, de Pablo Albarello, con Adhemar Rubbo y Fernando Gallego. Ambientación y vestuario de Ana Arrospide, música y ambientación sonora de Carlos García, coreografía de Iliana López, iluminación de Ruben Vieira, dirección de Lucila Irazábal. En teatro El Tinglado.

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