Cuarto tomo. El profesor argentino continúa con su asombroso éxito editorial

Adrián Paenza: "La matemática debe ser atractiva, entretenida"

Al igual que sus tres primeros tomos, oportunamente comentados en LA REPUBLICA, el presente libro constituye una gozosa cabalgata de problemas, enigmas, acertijos y curiosidades para ejercitar la facultad de pensar.

El lector encontrará en sus páginas historias como la del matemático alemán David Hilbert y sus veintitrés problemas, la conjetura de Poincaré resuelta por el ruso Gregori Perelman, los terremotos y la escala de Richter, los experimentos de Watts, Strogatz y Milgram, el modelo del físico Jason H. Steffen para minimizar el tiempo de embarque de pasajeros de las compañías aéreas de transporte y la excusa de por qué no hay Premio Nobel de Matemática. Esas historias están contadas en un lenguaje accesible y entretenido, con el que Paenza atrapa al lector y ­en lugar de dejarle una leyenda cerrada y acabada­ propone varias puntas para que se siga pensando más allá del final de la narración.

Pensar. Ese es uno de los focos en los que se centra el autor. El texto contiene la habitual tanda de ejercicios a la que nos acostumbró en los tomos anteriores. Siempre aparecen las soluciones explicadas hasta el mínimo detalle al final del libro, pero Paenza insiste con que no tiene ninguna gracia ir a buscarlas, porque el interés es que el lector piense y razone sus propias respuestas.

Nadie lo apura, nadie lo va a calificar, nadie lo criticará por equivocarse y menos por no ser el primero que llegue a resolver el ejercicio. «Es momento de dejarlo pensando a usted», repite Paenza en su tono coloquial y amigable. «Yo me retiro hasta la página de las soluciones, pero hágame caso: no venga rápido. Tiene tiempo».

E insiste con su postura de estimular el razonamiento: «De hecho, si lee la respuesta sin haberlo pensado se perderá una oportunidad de entrenar el cerebro un rato. ¿Por qué habría de hacerlo?». Todos los ejercicios están perfecta y completamente planteados, no hay trampas, ni engaños, ni subterfugios colocados para que alguien se equivoque con zancadillas de mala fe.

El profesor recomienda además que el lector «relea el problema. Disfrute de entender lo que dice. Porque, para poder buscarle una solución, lo primero que uno tiene que hacer es estar seguro de que entendió lo que hay que resolver».

Y plantea muchos problemas, a cuál más ingenioso. En este volumen están el carcelero loco que abre las puertas de las celdas, los precios de medialunas y sandwiches, la cantidad de naranjas que debe adquirirse en un mercado, las cinco mujeres que se pesan en una balanza, las veinte personas con sombreros blancos o negros, los caníbales que se podrían devorar a los misioneros, los discos de radios distintos para insertar en tres mástiles. La matemática sabe ser entretenida.

Además Paenza retoma las teorías pedagógicas que venía exponiendo en sus obras anteriores. Lo hace con la firmeza de quien está convencido que, así como está organizada la enseñanza de la matemática, no es atractiva para los estudiantes. Todo el mundo insiste con que la materia es difícil, casi impenetrable, y nadie quiere hacer el esfuerzo de entenderla porque no percibe por qué eso podría mejorar su calidad de vida.

Y concluye con la necesidad de eliminar el miedo de alumnos, familiares y amigos y recomienda a los docentes estimular la creatividad, buscar nuevas maneras de seducir y no dar la impresión de que todo está conocido y que no hay nada nuevo por saber o descubrir.

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