Una evocación y un adiós: mañana se estrenará el filme El cielo gira
El cielo gira, película española dirigida por Mercedes Alvarez que se estrenará mañana en Cinemateca 18, muestra un mundo que es el de la infancia de la propia realizadora, a la que ella vuelve acaso por última vez antes de entonar su definitiva despedida.
Talentoso debut en el largo de una cineasta original y creativa, el filme ha sido premiado en el Festival de París dedicado al Cinéma du Réel, en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, en el Festival de Cine de Tribeca (Nueva York), en el Festival de Rotterdam y en el Festival de Cine Español de Málaga.
La directora Mercedes Alvarez fue la última persona en nacer en la villa de Aldeaseñor. Su familia emigró cuando ella tenía apenas tres años, buscando perspectivas más halagüeñas. Treinta y tantos años después la cineasta vuelve para retratar a sus últimos antiguos convecinos. Sólo quedan catorce personas en el lugar, entre los sesenta y los ochenta años. La cineasta se pasea por su pueblo con la seguridad de quien lo siente suyo pero con la discreción que inspira el respeto.
Su ópera prima tiene mucho de testamento, porque la villa se encuentra en un estado crepuscular.
Pero no hay nostalgias ni quejas en el filme. La vida sigue, el viejo caserón abandonado se rehabilita para convertirse en un hotel de lujo, los campos de encinas ven alzarse monstruosas bellezas tecnológicas; pastores de ovejas charlan en mitad de los caminos de tierra.
La película está construida fundamentalmente en el cuarto de montaje. No puede haber guión para una película que se basa en la capacidad de espera, en saber escuchar y en mirar más allá de las apariencias. La intimidad y la confianza que transmiten los protagonistas del relato y la propia cámara sólo se consiguen si ha habido una labor de relación personal que fundamente la necesaria complicidad. Así consiguió Flaherty ganarse a los esquimales para Nanook, o a los taciturnos y desconfiados irlandeses de El hombre de Aran.
De manera similar, durante un año, y con el ritmo que marcaban las estaciones y el calor de las relaciones humanas, la directora Alvarez ha encarado su película a mitad de camino entre la fidelidad característica del documental y la evocación poética. Como la propia autora ha declarado: «Lo que cuenta es la capacidad de cada uno para dotarse de un lenguaje propio, y que ese lenguaje esté en consonancia con la realidad que quiere captar». El filme recuerda desde el título que el cielo gira, y que también cambia la gente. Así, el encuentro entre un ex funcionario marroquí reconvertido en pastor de ovejas y un atleta tunecino en mitad de un páramo adquiere la virtualidad de un encuentro que podría resultar inverosímil pero que se convierte en un momento mágico, como lo son también la presencia de una silla amarilla en el exterior de un caserío, símbolo de ausencia, o la ruidosa intromisión de un par de coches en campaña electoral que interrumpen una instancia de recogimiento. De momentos como ese está hecho este talentoso debut de una realizadora que conviene seguir.
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