Teatro. Juegos en el laberinto, de Ana Dalva, en el Circular

El laberinto de Creta, revisitado

Años después, en el teatro, trataron el tema el argentino Guillermo Angelelli que llamó al monstruo por su nombre de «Asterión», Carlos Rehermann con «Minotauros», el grupo andaluz «Atalaya» con «Ariadna» (Cádiz, 2008); esta versión de Ana Dalva no será la última.

La unión de hombre y animal, como en las leyendas de Leda, Zeus y el cisne, de los centauros y de las sirenas, aluden a una tan seductora como imaginaria comunión dionisíaca: no en vano Ariadna, al fin, se casa con Dionysos.

El «más allá del bien y del mal» que implican estas uniones fue celebrado por poetas como Darío («Ante el celeste, supremo acto/ dioses y bestias hicieron pacto»); pero estas uniones tuvieron, además, algún apoyo histórico y geográfico en el caso del minotauro, cuya historia sucede mayormente en la civilización «minoica» de Creta. Hoy, con ese molesto noventa y nueve por ciento de coincidencia en los genes del hombre con los chimpancés, toda la historia ha perdido algo de su glamour.

Las piezas de Angelelli y Rehermann no parecieron pretender la teatralización del cuento; de entrada se veía que apuntaban a direcciones distintas. En cambio «Ariadna» de «Atalaya» y «Juegos en el laberinto» narran, a veces directamente, la historia de la unión del toro blanco con Pasifaé, el nacimiento y crianza de Asterión, su muerte a manos de Teseo, ovillo de Ariadna incluido; pero para el buen éxito de la empresa se necesitaba una interpretación que uniera todas las puntas y cabos de la historia alrededor de una sola idea. La anécdota sola, agoniza; y «Medea» de Eurípides no es valiosa por la recreación de la historia, que el dramaturgo corrigió y sobreescribió a su placer.

La versión de Ana Dalva no va más allá de la recensión de Cortázar; y como suele ocurrir con los dramaturgos locales, intenta hacer crecer la obra por adiciones y complicaciones. La autora comprendió que la historia, por sí sola, no era suficiente; creyó mejorarla con muñecos (que se parecen a los de «El periférico de objetos» de Veronese y García Wehbi), con teatro negro y, lo creemos pero sólo bajo su palabra, con la muy moderna «danza» (¿no es teatro?) «Butoh» japonesa.

Añadió música electrónica, voces en off (que el día del estreno fueron ininteligibles) y un laberíntico mensaje final («Otro espejo roto/ más que se bifurca/ inunda tu espacio/ su reflejo/ en el temblor/ tu suave valle /atraviesa / su eco/ laberinto sin fin/ tu esencia clama») cuya comprensión requiere un nuevo Teseo o los esforzados investigadores que descifraron la escritura cretense «lineal B».

Tenemos consciencia de que todo esto demandó trabajo y dedicación, y debemos congratularnos de que el grupo «Kruor teatro urbano» haya intentado algo distinto de los insípidos ensayos teatrales que, hasta ahora, nos proveyeron los premios del Ministerio de Educación y Cultura con el programa «A escena» y los «fondos concursales».

Hay buena técnica en la manipulación de los muñecos, una elegancia austera en la escenografía e iluminación, un ansia de creación y de grandeza; pero el arte es un minotauro. Tiene hambre de sacrificios humanos, que no aprecia, y no se satisface con intenciones. Sólo se entrega a quien esté dispuesto a matarlo.

 

JUEGOS EN EL LABERINTO, de Ana Dalva, por el grupo Kruor teatro urbano, con Ana Dalva, Nacho Lois, Verónica Mato y Guillermo Chávez. Escenografía de Ivón Delprato, vestuario de Lucía Alonso, luces de Elías Pereyra, sonido y dirección de Ana Dalva. Estreno del 9 de enero, teatro Circular, sala 1.

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