148 años del natalicio de José Martí

Hombre de fe

Hay, digo, un modo de servir, de dar, de hacer, más hondo y más fundamental, más difícil y más generoso, que más que en ningún otro hombre del continente, se da en José Martí: y este modo de servir es creer. Creer, que es todavía más que amar. El amor pudo moverlo a servir a la patria. Y como a otros, la justicia de su causa, la conciencia del deber y aun la rebeldía de la sangre joven. Pero a servirla sin cansarse, sin ceder un instante al desaliento, y contagiando a los demás aquel fervor irresistible, a servir como él servía, solo mueve la fe. Cuando Martí servía a Cuba, creía en ella, estaba seguro de su destino y de su puesto en el mundo. Y ante esta certidumbre, jamás juzgó perdido un solo paso suyo, inútil una jornada, incapaz un solo hilo de tejer la gran red: jamás le dolió el esfuerzo sin recompensa aparente, el sacrificio desprovisto de fin inmediato, la palabra que se dice con sangre y parece que nadie oye…

Martí jamás se queja, jamás vacila, jamás retrocede.

No sabemos los ríos de amargura que se volcaron sobre él porque su miel está intacta. Ignoramos qué frío le puso alguna vez los labios blancos porque todo él es como una ola tibia que tibia llega todavía hasta nosotros. No nos queda memoria de sus noches de insomnio si las tuvo, de sus días de soledad que fueron muchos, porque él solo habló y escribió de amor y de esperanza. No sabemos de él nada que no sea fecundo, pleno, firme, jubiloso. Él es quien ve nacer los pinos nuevos tras la tormenta reciente, por debajo de los pinos caídos, cuando casi no han asomado aún sus verdes puntas a flor de tierra.

El, quien descubre la cosecha de perlas que da el mar arado por un rejón de fuego.

Y es que solamente creyendo se empuja a veces la verdad reacia. Solamente creyendo le traspasamos nuestra sangre, le damos cuerpo vivo más allá de nuestro cuerpo y nuestra sangre.

Y si ya la verdad hubiera muerto, creyendo aún en ella, le traspasamos nuestra angustia, nuestro grito, para que se levante y ande.

* Nacida en 1903, Dulce Maria Loynaz es reconocida como una de las mas grandes poetisas cubanas. Su única novela, Jardin, fue escrita en los años 20 y publicada recién en 1951. En 1987 el gobierno cubano le concedió el Premio Nacional de Literatura. En 1992, recibió del gobierno español el Premio Cervantes de Literatura. Dulce María Loynaz falleció en 1997.

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