Arte

Fallando y fallando

Era el acontecimiento cultural del año. El Salón se fue devaluando por inepcia de los sucesivos jurados y esa tradición se perdió durante la dictadura al asistir solo los incondicionales al régimen, entre los que se contaban firmas prestigiosas. Ya en democracia, el presidente Sanguinetti resolvió suprimirlos y así pasaron 17 años.

Lo reflotó, el ministro Antonio Mercader, con éxito y un generoso presupuesto. Ya no en la clásica fecha, sino unos días después, ya que el Museo Nacional de Artes Visuales, donde pasó a celebrarse, una vez desaparecida la Comisión Nacional de Artes Visuales, cerraba por feriado. Con la administración progresista, las cosas se modificaron. Se realizaron caprichosamente y hasta el arranque inaugural fue en Punta del Este, más tarde en Montevideo.

Como el evaporado Salón Municipal, el Nacional tuvo su escamoteo, reapareció a fin de año, pasó a tener nombre y apellido, el de un artista consagrado (María Freire, Hugo Nantes), eliminando la anacrónica designación de Salón que memoraba sus orígenes franceses, como en todo el mundo.

El 53º Premio Nacional de Artes Visuales tiene el sello inconfundible del repentismo oficial. Los aspirantes tuvieron menos de un mes para preparar sus carpetas. Se presentaron alrededor de 300 artistas, se eligieron 42.

El jurado, integrado por 9 miembros (nueve !!!!), dos del exterior (Chile, Cuba), muy bien remunerado, es el más numeroso en toda la historia. Uno (a), tiene relación directa con el asistente de producción. Distracciones de la ética, muy practicada en el MEC.

La multiplicación de los ojos, para apreciar mejor.

O el provinciano criterio de la presunta objetividad de la mirada ajena que, al ignorar la realidad nacional, su accionar debe ser incómodo. Sin embargo, se justifica su designación por ser «lo más ecléctico y amplio posible, a fin de dar transparencia, pluralismo y diversidad en los resultados finales». Pura ilusión.

En el paupérrimo folleto, figuran las autoridades del MEC y, curiosamente, se omite a Jacqueline Lacasa que, hasta el momento, sigue siendo directora del Museo Nacional de Artes Visuales, lugar donde se realiza el certamen. ¿Provocación, mezquindad oficial, error gráfico?

Se registra la lista de premios y elementales referencias, así como se reproducen fragmentos de las obras en diminutas fotografías. Se ignoran los fundamentos de los jurados, los antecedentes de los admitidos y premiados. Formas curiosas de entender la transparencia.

Porque era elemental saber quién es el Primer Premio remunerado con 10 mil dólares, un nombre que por primera vez accede a una muestra colectiva, con una animación digital que si tiene aspectos irónicos sus hallazgos técnicos (convencionales) no son tan notables como para merecer la distinción mayor. Menos aún, el premio beca Instituto Goethe, otro desconocido, con una obra que establece un pugilato entre imágenes y el audio o el Premio Plataforma a Pedro Tyler, un talento eclipsado en esta ocasión.

O la corrección del dibujante Juan Manuel Rodríguez, con un tema ya muy transitado y mejor realizado, desde David Hockney a Alvaro Amengual. Menos aún, el premio a Yudi Yudoyoko, pobre remedo de Peter Foldès y sus mitologías cotidianas de los sesenta Dieciocho ojos no ven mejor.

Está muy bien, Juan Burgos, Segundo premio de 7 mil dólares, con un tríptico conocido hace pocos meses en el CCE, como muchas otras obras presentadas ya conocidas (Bidart, Sicco, Rubio, Peralta, Fischer, Ambrois).

El certamen debió llamarse, entonces, Resumen de Temporada, más acorde con los envíos. O Certamen para Jóvenes, ya que son escasos los artistas de la generación intermedia que se presentaron.

Todo parece desvirtuado, sin atractivo, con la dulce sensación de lo ya visto, sin diálogo intergeneracional, sin intensidad imaginativa. La avalancha de público al acto inaugural, comió, bebió y no vio casi nada. Tampo volvió: la desolación invadió las salas del museo el fin de semana.

Siempre se esperó del certamen nacional por excelencia, un balance de la situación plástica del país, con obras inéditas, estimulando la creación, la franca competencia de talentos. Una vez más, no sucedió.

Entre los que están, hay que aplaudir a Javier Abreu, Premio Centro Cultural de España, con una obra de pequeño tamaño plena de inventiva e ironía, a Yvonne D´Acosta, en la madurez de su porfiada trayectoria, a Michael Bahr dando una feliz vuelta de tuerca a sus ideas, la punzante instalación de Fernando Sicco, la sugestiva fotografía de Analia Pollio.

Y, seguramente, algún rechazado podría aumentar la lista.

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