Artes Visuales

Comienza ciclo sobre Bill Viola

Nelson Di Maggio

Dos de ellas son obras maestras absolutas, imprescindibles. La entrada será gratuita, por supuesto, y el público asistente dispondrá de un ensayo sobre la obra de Bill Viola y el comentario de cada video que se exhibirá. En el caso de El tránsito, en la primera sesión, habrá que tener en cuenta, por las características de su estética, que no se permitirá la entrada a sala una vez comenzada la proyección. De la misma manera que Yo no sé a qué me parezco, con una duración de hora y media, se presentará una vez por día. En todos los casos se recomienda puntualidad (Ver recuadro aparte los horarios).

Desde 1998 una retrospectiva de Bill Viola, integrada por quince enormes instalaciones, entre otros trabajos, organizada por el Museo Whitney, recorre los principales centros culturales de varios países. El Museo Nacional de Artes Visuales, en modesta pero decisiva instancia, se asocia a esa difusión y de paso recuerda el aniversario del medio siglo de vida del sensacional videomaker, una figura que posee una cultura superior, vasta y refinadísima junto con el dominio total de la alta tecnología.

 

El tránsito (The Passing, 1991, blanco y negro, 54 minutos).

Este video surgió en un momento crucial de la vida de Bill Viola, bajo el peso de dos emociones contradictorias y simultáneas, la muerte de su madre y el nacimiento del segundo hijo nueve meses después. Al principio, confesó el autor, debía ser apenas un video sobre el desierto que había aceptado realizar para la TV alemana. No se sentía muy inspirado pero igualmente quiso cumplir el contrato. Grabó algunas imágenes del desierto pero no quedó satisfecho. No sabía qué hacer con ellas. Luego recibió la noticia de que su madre estaba hospitalizada en estado de coma. Entonces grabó a la madre enferma y el nacimiento del hijo, en el mismo año. De la edición de todas estas imágenes, a las que agregó algunas de Arc in Ascent (instalación presentada en la IX Documenta de Kassel), resultó El tránsito, un video de 54 minutos, el uso exclusivo del blanco y negro que acentúa el ascetismo del desarrollo dramático, sin ninguna palabra que desvíe del poder casi hipnótico de la imagen. Hay escenas nocturnas y subacuáticas filmadas con tres cámaras especiales diferentes, una de las cuales (de infrarrojos) permite el registro de noche sin ninguna luz y que traducen los diferentes estados de consciencia y situaciones temporales.

El tránsito está íntimamente ligado a los trabajos anteriores por su temática, eminentemente autobiográfica. El protagonista es el propio artista que aparece durmiendo, despertándose a ratos, para luego sumergirse en estados hipnagógicos y el sueño. Aparecen escenas de viajes y del ambiente familiar: la vida y la muerte como metáfora (el nacimiento del hijo, la agonía de la madre), van acompañados de elementos simbólicos esparcidos en el discurso narrativo. Hay travesías por túneles, ruinas oscuras y desiertos rocosos como símbolos del miedo y la muerte que se oponen al sol brillante, las velas, las luces de ferrocarriles y automóviles, un niño encaramado en un árbol (el Arbol de la Vida), un pájaro blanco en el tejado (la Resurrección). Y el permanente ruido del agua como una alusión a una mente perturbada por la muerte (Viola estuvo a punto de ahogarse a los diez años) y el nacimiento y las percepciones ampliadas de experiencias pasadas. Los paisajes inundados aluden al Diluvio Universal, la vela al vigilante ojo de Dios (semejante al candelabro en El Matrimonio Arnolfini de Van Eyck) y al origen de la vida. Los referentes al arte de todos los tiempos (símbolos y temas retomados con espléndida y sutilísima libertad citatoria de los clásicos medievales y renacentistas y hasta el formato tradicional como el tríptico o el género naturaleza muerta y su clásica iconografía) son constantes en Bill Viola, como si se propusiera establecer los secretos vínculos entre estéticas muy alejadas entre sí y entre los extremos de la existencia a través del revolucionario lenguaje tecnológico que utiliza. Viola esculpe los sonidos. Los exagera, los amplifica, los deja prolongándose en el aire, o los reduce hasta el susurro, a la respiración que une al hijo que duerme con la madre agónica para, finalmente, poner en evidencia que el tránsito entre la vida y la muerte es una manera de autoconocimiento, una ordalía a la que es sometido el ser para ir de la oscuridad a la luz. Al observar lo cotidiano, Bill Viola pone de relieve lo extraordinario, explora los sueños, el inconsciente, se sitúa en los límites de la percepción similar al monólogo interior de Stephen Dedalus (Ulises de James Joyce), en el que todo lo que había que ver era mirado por la pérdida de la madre. Una obra maestra del video de creación y del arte contemporáneo que recibió el Primer Premio del IV Festival Internacional de Video «Cidade de Vigo», Vigo, España (1993).

 

El estanque que refleja (The Reflecting Pool, 1977-79, color, 7 minutos)

Tiene una afinidad con el impresionismo donde todo lo sólido se disuelve en el aire, en una captación temporal del instante que pasa. El hombre y la naturaleza, íntimamente confundidos, sus secretas relaciones, movedizas e inquietantes, en un clima de panteísmo luminoso, calmo y sensorial, súbitamente alterado (en un efecto tan genial como perturbador), como una revelación, para emerger, incontaminado, en una suerte de bautismo, al mundo y a la vida. Para Marie Luise Syring es «una experiencia mística en forma de parábola». Una pequeña joya del videoarte de siete minutos de duración, producida en la temprana etapa del artista, cuando tenía 25 años, como Orson Welles al realizar El ciudadano.

Yo no sé a qué me parezco (I Do Not Know What It Is That I Am Like, 1986, color, 89 minutos)

Es el resultado de una investigación en las Islas Fidji donde graba una ceremonia de los habitantes indios en un ritual del fuego y durante su residencia en el Wind Cave National Park, Dakota del Sur, donde convivió durante tres semanas con una manada de bisontes. Dividida en cinco partes es un cruzamiento de preocupaciones científicas e indagaciones del inconsciente, de lo objetivo y lo subjetivo, la naturaleza y la habitación del estudio, lo lejano e inabarcable y lo cercano y doméstico. Una larga, demorada travesía hacia el más allá, iniciática, que empieza por encuadres de la tierra invertida y el agua que corre para seguir por oscuras cavernas (la entrada al infierno dantesco), deambular por paisajes primitivos, registrar primeros o grandes planos de los animales (bisontes, pájaros, peces), concentrándose en sus ojos, su mirada, en pasajes y cortes súbitos. Por momentos, una pupila refleja al artista y la cámara.

El ritmo lento, ralentizado, puede ser, al principio, un obstáculo para el espectador habituado a las frenéticas imágenes del cine y la televisión actuales. Pero hay que tener en cuenta que la estética de Bill Viola se basa en la filosofía oriental, que tiene sus propios códigos. Lo admirable, una vez superada esa dificultad inicial, es descubrir el retomar del género naturaleza muerta, su vida silenciosa, que se transforma, mágicamente, en almuerzo que se consume y desaparece, y dando pautas de otras obras (la gota que cae, una canilla que refleja su imagen) hasta lograr expresiones oníricas y surreales de enorme sugestión (el árbol y el vaso, el elefante en la habitación). Y un desenlace, luego de la crueldad del ritual, donde se fusionan y disuelven todas las contradicciones.

Yo no sé a qué me parezco recibió el primer Premio de Videoarte en el VIII Festival Internacional de Videoarte y Nuevas Imágenes ElectrÃ
³nicas de Locarno, Suiza, 1987 y Premio Supervideo «L’Immagine Elettronica (I E)», Video Festival Europei, Bolonia, Italia, 1987.

 

Hatsu Yume, Primer Sueño (Hatsu Yume, First Dream, 1981, color, 56 minutos)

Está dedicada a Daien Tanaka, amigo, maestro zen y pintor japonés. «Pensaba en la luz y en su relación con el agua y con la vida» –anotó Viola–, «y también con lo contrario – en la oscuridad o en la noche y la muerte. Pensaba en cómo hemos construido ciudades enteras de luz artificial como un refugio contra la oscuridad. El video trata la luz como si fuera agua   se vuelve fluida en el tubo de video. El agua sostiene un pez como la luz sostiene al hombre. La tierra significa la muerte del pez; la oscuridad, la muerte del hombre». Una meditación sobre el campo y la ciudad, las oposiciones que van de la quietud a la turbulencia, los cambios de escala (una montaña resulta ser una roca pequeña, unas gotas dejan paso a la tormenta), de lo minúsculo a lo grande o la ampliación, y el agua, las olas, los montes, las nubes, elementos que Bill Viola retoma una y otra vez.

Recibió el Gran Premio en U.S. Film and Video Festival, Park City, Utah, EE. UU.,1983, y Premio del Jurado en Video Culture / Canadá, Toronto, 1983.

 

Antífona (Anthem, 1983, color, 11.30 minutos)

Para el videasta, «Anthem tiene su origen en un grito singular y penetrante emitido por una niña de once años situada en el retumbante vestíbulo de la Estación de Ferrocarril Unión, en Los Angeles. El grito original, de pocos segundos de duración, se ha prolongado y se ha modificado su velocidad para producir una «escala» primitiva de siete notas armónicas que constituye la banda sonora de la pieza. Relacionada en su forma y función con el canto religioso, Anthem describe una evocación ritual contemporánea, centrada en ele amplio tema del materialismo, la arquitectura de la industria pesada, los mecanismos del cuerpo, la cultura del ocio del sur de California, la tecnología quirúrgica y su relación con nuestros miedos, con la oscuridad y la separación de cuerpo y espíritu».

Recibió el Gran Premio de Videoarte en Video / Culture Canadá, Toronto, 1984, y Primer Premio de Videoarte Athens Film / Video Festival, Ohio, EE. UU., 1984.

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