Lo Fausto, obra de Marcel Sawchik, en teatro del Ateneo de Montevideo
Sawchik gusta de los bordes y las fronteras. En «El último estertor» se acercó a un condenado a muerte; en «El maestro del sueño» a la elusiva trama del soñar, pero de los sueños en sí mismos, con prescindencia de su uso por el psicoanálisis como expresión de los padecimientos de la psiquis.
Es un sendero original y el proyecto es, a la vez, valioso y ambicioso e incluye música y canciones (Alejandro Fleitas). Se percibe la formación de una compañía teatral o si se quiere un equipo de trabajo, que ya dio a las tablas, este año, «10 estaciones y un día».
Con todo el respeto que nos merecen desde siempre Sawchik y sus colaboradores, sentimos que esta ópera rock, que tiene la seriedad y aplicación propias de una auténtica devoción por el teatro, no llega a cumplir sus propósitos. Vuelve a faltar la claridad en la narración y vuelven a aparecer los baches, los tiempos muertos. Es cierto que todo casi todo lo que hace Sawchik se refiere a lo onírico, si no a las pesadillas; pero precisamente porque los sueños son o nos llegan confusos, porque su significado es elusivo, la exposición debería ser excepcionalmente clara. Si se repara en «Alicia en el país de las maravillas», de Lewis Carroll, narración que, según Borges, es la primera y última vez que el hombre intentó describir un sueño y lo logró, se advertirá que el sueño no está reñido con la lógica, aunque sea la lógica autónoma de los sueños, que se niega a calzar en los modos del silogismo y el raciocinio crítico. Encontramos fantasía e imaginación; no encontramos ni el impacto ni la emoción del drama o la tragedia.
El tema de «Lo fausto» es terrible; pero los espectadores nunca sentimos espanto ante pecado de hubris de Fausto. Vemos algo parecido a un mal sueño, a una mala noche de insomnio y ensoñaciones.
En segundo lugar, falta la melodía que defina a la obra. Hemos escuchado con atención; inclusive escuchamos varias veces, con atención, el CD que se nos entregó con la banda sonora. Echamos de menos el tema musical, el tema del Dr. Fausto o del Dr. Frankenstein, que debería anunciarnos, desde la música, presencias e inminencias. Casi podríamos decir que «Evita» es esencialmente la canción «No me llores, Argentina» y que todo lo demás son variaciones y orquestación. Otra ópera rock uruguaya, «Putrefashion» de Tabaré Rivero, había encontrado un tema que definía la obra e ilustraba sobre su sentido general.
Finalmente, la obra nos parece una reunión de fragmentos, quizás demasiadas partes para que se pudiera arribar a un todo. Algunos fragmentos son valiosos, como la escenografía de Tabárez y la iluminación de Adrián Rodríguez; pero no vemos que las partes se integren, de una vez y por completo, en un todo. Los distintos elementos de la pieza apuntan a un mismo fin; pero señalan una dirección y muestran un camino que no llegó a recorrerse por entero.
LO FAUSTO, Opera rock de Marcel Sawchik, con Roberto Foliatti, Nelson González, Fernando Hernández, Adriana Ardoguein, Nancy Salaberry, Marcelo Pons, María José Bossio, Paola Chalela, Ivanna Chessa, Eduardo Delgado, Gustavo Fernández, Cecilia Opiso y Mónica Montaldo. Vestuario de Adriana Ardoguein y Julio Tabárez, escenografía de Julio Tabárez, iluminación de Adrián Rodríguez, música y dirección musical de Alejandro Fleitas, entrenamiento vocal de Patricia Curzio, dirección general de Adriana Ardoguein y Marcel Sawchik. En el Ateneo, Plaza de Cagancha.
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