Madonna comienza hoy a enamorar Argentina con su Sticky & Sweet Tour
El Sticky & Sweet Tour que llega hoy a las 21.15 al estadio de River Plate lleva contabilizados 207,5 millones de dólares, con más de medio millón de tiques vendidos sólo en Canadá y Estados Unidos.
Para cuando todo termine, el domingo 21 en San Pablo, la gira de presentación de «Hard Candy» habrá ingresado 282 millones verdes, convirtiéndose en la más exitosa de un artista solista en la historia del rock business. Nada mal para alguien a quien, 25 años atrás, le auguraron quince minutos de fama y luego el olvido.
Ocurre que Madonna interpretó mejor que nadie que, para no ser fagocitada por la próxima estrella pop, el mejor camino era, reinventarse, ser otra cada vez que fuera necesario para revalidar su reinado.
La Madonna de «Holiday» no es la de «Papa don’t preach», la de «Justify my love» no es la de «Vogue» y esa a su vez no es la de «Music», y así.
Curiosamente, las dos visitas estrictamente musicales de Madonna a la Argentina tienen que ver con discos-meseta: el Girlie Show de 1993 venía precedido por «Erotica», que a pesar de grandes momentos como «Deeper and deeper», «Rain» o su muy buena versión de «Fever» apenas pudo surfear la ola que había producido el lanzamiento del libro «Sex», y fue fácilmente sepultado por «Bedtime stories» y «Ray of light». Y «Hard candy», el disco lanzado en abril de este año, aparece aplastado por el peso de la rutina, tanto en las canciones como en las fotos que, más que erotizar, producen un efecto algo satírico, de señora de 50 que quiere demostrar que la lencería hot aún le calza bien. Un típico disco de cierre de contrato con Warner, antes de embarcarse en un nuevo y millonario acuerdo con la productora Live Nation.
Nada de eso, sin embargo, tiene mayor relevancia a la hora de los bifes: Madonna no plantea sus shows como presentaciones en vivo del álbum más reciente sino como espectáculos integrales, el vehículo ideal para realizar el sueño de performer y bailarina que la llevó de Michigan a Nueva York en 1978. No es mero capricho que las gacetillas del Sticky & Sweet hagan tanto hincapié en los bailarines, los músicos rumanos, el abultado guardarropa, el maquillaje, el vestuario de Givenchy y la joyería de Swarovski, los cinco días de montaje de escenario y luces, las cinco carpas de catering y los carritos de golf para moverse por el estadio. En cualquier lugar del mundo, Madonna no significa «cantante», significa gran Espectáculo.
Y entonces, who’s that girl? Madonna Louise Veronica Ciccone, a quien algunas biografías y cables insisten en señalar como «ítalo-norteamericana» pero es más yanqui que la hamburguesa, ha sabido salir a los zapatazos, con envidiable presencia de ánimo, de escandaletes que habrían hundido a una Gwen Stefani o a una Shakira, por nombrar sólo dos que intentan subirse a sus tacos. Los tabloides británicos se están haciendo un festín con el meneado divorcio de Guy Ritchie, pero la artista ya se curtió en esa clase de trances públicos con Sean Penn (que incluyó un confuso episodio de golpes y ataduras en la mansión del matrimonio) y Warren Beatty, y hasta supo hacerle el aguante a David Letterman, en una discusión en un Late Show de 1994 abundante en palabrotas de las que erizan al norteamericano medio. Nada de eso puede incinerarla: mientras los periódicos amarillos deslizaban notas sobre su depresión y posibles problemas físicos derivados, ella ya preparaba la cena de Acción de Gracias con el papá de su hija Lourdes. A rey muerto rey puesto, que Madonna nunca cuajó con el rol de la pobrecita sufriente y tiene los ovarios donde hay que tenerlos.
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