Dos noches con Joan Manuel Serrat: música, poesía, emoción y afectos
Un público fervoroso que con devoción y respeto, a pesar de la pertinaz llovizna y la baja temperatura ambiente, siguió con atención cada palabra, cada frase, cada gesto de este artista que se ha resistido a acomodarse en la poltrona del éxito, de la consagración o el estrellato: el laurel de oro -que como muy bien ha dicho el poeta Antonio Gala- acaba por vaciar las sienes del creador.
En la noche del lunes, tras el breve pasaje de un saxofonista que interpretó, sobre pistas, tres temas de jazz, apareció en el escenario el pianista y arreglador Ricardo Miralles. Luego de desgranar algunos acordes, una fina, insistente y pertinaz llovizna se descolgó de las nubes que cubrían por completo un cielo que, en concordancia con lo que se viviría luego debía haber estado estrellado. Una intensa y densa llovizna que acompañada por viento se mantuvo durante todo el espectáculo, provocando en la platea y tribunas un inusual despliegue de paraguas.
Minutos después ingresó Serrat en medio de una intensa ovación. Tal como es su costumbre, cantó y habló recreando sus historias, esas de ayer, de hoy y de siempre con las cuales logró el sitial de privilegio que ocupa y que es reservado solo para unos pocos elegidos.
Con el apoyo de imágenes sobre una penta pantalla ubicada a sus espaldas, Serrat fue hilvanando sus canciones con la habilidad de un fino zurcidor y a medida en que éstas se sucedían el recital fue creciendo en espesor y entusiasmo.
En esta nueva visita a Montevideo con su espectáculo «Serrat 100 x 100″, el entrañable artista catalán, despojado y mostrado en su esencia, logró una comunicación de ida y vuelta realmente admirable. Así, sus más conocidas canciones fueron tomando por asalto a los auditores. Luego de una memorable y emotiva versión de «Esos locos bajitos» interpretó también canciones en lengua catalana. Fue un recital intimista en el que -con naturalidad- se transmitieron un manojo de sentimientos profundos, esos que logran emocionar a todos. Es que Serrat posee la magia, la calidad, el don de gentes y el carisma necesario para penetrar en las emociones más atávicas de sus auditores tomándolos por asalto y al mismo tiempo haciéndoles sentir que lo suyo es una caricia del alma.
En consecuencia, el resultado de los recitales en el Teatro de Verano puso nuevamente en relieve la riqueza expresiva de un cantautor absolutamente profesional y comprometido con cada uno de los textos que interpretó ante un público extasiado que por momentos se mantuvo en absoluto silencio y que en otros estalló en cerradas ovaciones.
Como muy pocos, y en su caso en un grado superlativo, Serrat enamora a sus auditores, esos que lo han venido escuchando desde que lanzó a la perdurabilidad textos de identidad profunda como «Mediterráneo», «Fiesta», «Aquellas pequeñas cosas» y otras tantas canciones que están instaladas en eso que llamamos memoria emotiva.
Cien por cien: así funcionaron estos conciertos organizados por Música Nueva Uruguay.
El cantante -junto a su amigo, arreglador y pianista Ricard Miralles- lograron establecer un clima de calidez y simpatía pocas veces visto en este tipo de encuentros multitudinarios.
Son como dos jugadores que juegan de memoria produciendo como resultado un trabajo fresco, rico, ágil, a veces inquietante, con un tratamiento musical en base a sonoridades acústicas y cuya raigambre en el Serrat más clásico no excluye novedades arriesgadas. Vale anotar que la propuesta, por su despojamiento escénico y musical es más apta para una sala de pequeñas dimensiones que para un anfiteatro como el del Parque Rodó . Sin embargo fue una fiesta de los sentidos y la emoción, en donde el humor tampoco estuvo ausente. Serrat con maestría, supo nuevamente manejar el arte de la seducción. Este concierto fue otro episodio de una historia de amor eterno y sin altibajos entre el artista y los uruguayos. Una historia que muestra una intensa relación afectiva de casi cuarenta años con muestras de cariño, respeto y también mimos que se han ido multiplicando con el sucesivo paso de generaciones.
Dos conciertos casi de intimidad en donde textos de gran calado y cargados de afecto, junto a nobles melodías cumplieron su cometido: conmover a los auditores.
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