Excelencias recortadas
La muestra de Miguel A. Battegazzore es ejemplar en ese sentido y la riqueza de ideas del artista surgen exploradas con nítida claridad en toda su extensión imaginable. Es difícil competir con ese enfoque y la potenciación de esa obra.
La exposición antológica de Juan Ventayol, con obras realizadas entre 1938 y 1971 (Museo Nacional de Artes Visuales) tenía asegurado el interés inmediato. Luego del remate de una veintena de obras olvidadas en Bavastro, el año pasado, que deslumbraron por su inventiva, la expectativa aumentó. Ventayol fue, en los agitados años sesenta, uno de los mayores protagonistas del informalismo nacional junto a Américo Spósito, Hilda López, Jorge Damiani, Agustín Alamán, Manuel Espínola Gómez, Washington Barcala, Vicente Martín (que tuvo, como Oscar García Reino, momentos valiosos), Jorge Páez, Raúl Pavlotzky y Leopoldo Novoa, en su mayoría impulsados por la energía irradiante del italiano Lino Dinetto, el adelantado en la tendencia, pero también por la cercanía de las bienales paulistas, las conferencias de Jorge Romero Brest (una se llamó El informalismo y yo) y las exposiciones de Antonio Tapies y Alberto Burri, las visitas de Alberto Greco, Mario Pucciarelli y Manabu Mabe, el japonés-brasileño que pintó en el Instituto Cultural Uruguayo Brasileño una tela en el piso como si fuera un samurai, a imitación del calígrafo francés Georges Mathieu que, desde Buenos Aires, teatralizaba la pintura gestual, a su vez inspirado en Jackson Pollock.
Años conflictivos y complejos, hasta contradictorios, los años sesenta, la influencia global del arte oriental, en especial proveniente de Japón y el grupo Gutai, que modificó de tal manera la concepción de la cultura y el arte occidental que hizo temblar muchas convicciones (por un corto período hasta Costigliolo y María Freire practicaron informalismo) y José Cuneo que, a la semejanza oriental, se plegó y modificó su nombre, adoptando el apellido materno para indicar su nueva posición estética. Al informalismo se sucedieron en los mismos años, la nueva figuración, reflotando el grupo CoBrA, el Pop Art, el Op Art, el arte conceptual de fuerte connotación política mientras la abstracción geométrica luchaba por mantenerse.
En ese contexto, Ventayol logró apresar las emociones personales y colectivas, los sombríos e inquietantes aspectos de una sociedad en transformación, exasperada y exasperante. Una materia espesa y convulsionada, surcada de señales y heridas, como la piel propia, pero también capturando la agitación espiritual, la insatisfacción existencial, con el recurso de utilizar nuevos materiales e incorporarlos a la tela (metales, espejos, la inevitable arpillera) con ímpetu barroco y neoexpresionista, alusiones a la realidad urbana montevideana (fachadas, zaguanes y claraboyas que Nelson Ramos codificará de inmediato) e inclusión de elementos figurativos, más o menos atenuados o visibles, iconografía religiosa cristiana (en coincidencia, nada casual, con el misticismo del católico fauve Georges Rouault) o de procedencia torresgarciana. De ese entramado de referencias múltiples emerge la personalidad secreta, poco comunicativa de Ventayol y un legado original, distinto al de sus contemporáneos locales, que ahora resurge con extraordinario vigor. Es lástima que el montaje no saca suficiente partido de esa obra, recostada sobre la pared y el enorme espacio de la sala y la deficiente iluminación aplacan el impacto sin contribuir al encuentro tan deseado con un creador mayor. Llama la atención en el importante catálogo, las deficientes reproducciones.
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