Arturo Ui, de Brecht, en el Solís
De esto dudamos todavía; pero tenemos la certeza de que, deliberadamente o no, logró demolerla. Lo hizo de un modo sutil. Siguió a Brecht al pie de la letra; y sobre todo, como se verá y con efecto devastador, sin letras al pie. Nos mostró Rivero una historia de gangsters, un tanto insípida; como tal, inferior a casi cualquier episodio de Los intocables o Los Sopranos.
Heiner Müller escribió que, «aceptar a Brecht sin crítica es traicionarlo»: un «Arturo Ui» literal, ahistórico es, para usar las palabras con que Hindenburg»Dogsborough» decoró la rendición de Alemania en Compiègne (1918) «la puñalada por la espalda».
Privada de su paralelismo con el ascenso del nazismo, «La resistible ascensión de Arturo Ui» carece de sentido; el espectador más distraído se preguntará a dónde quiere ir este señor Brecht; pero ese paralelismo forma parte de la obra. Si cuando se escribió (1941) y aún cuando se estrenó en Alemania (1958) bastaba escribir «Arturo Ui» para leer «Hitler», el público de hoy necesita alguna nota al pie. Ocurre con «Arturo Ui» algo similar con «Barranca abajo» de Sánchez: si no se sabe que el lanzamiento de don Zoilo es la ejecución de una sentencia de reivindicación de los «legítimos» propietarios de la tierra contra la reforma agraria de Artigas, el poderoso drama social, que sacudió al Uruguay, que trajo agitación popular, resistencia armada, prórrogas legales, socorros económicos y planes de ayuda, queda reducido a una historia lacrimógena que podría haber escrito, y mucho mejor, Serafín J. García. Cuando Sánchez estrenó la obra era superfluo mencionar aquella situación, de todos conocida.
En el caso del «Arturo Ui» de Brecht, el paralelismo está indicado en el libreto hasta por demás con diversos parónimos y calcos: obviamente Arturo Ui (Lucio Hernández), es Adolf Hitler, «Dogsborough» (Jorge Bolani) es Hindenburg, «Roma» (Juan Worobiov) es Röhm; en forma similar a la obra, por el incendio del Reichtstag se condenó a un vagabundo; en la noche del 30 de junio de 1934, la «noche de los cuchillos largos», Ui Hitler hace matar a Roma – Röhm; «Ignacio Dollfoot» (Juan Gomero) es el canciller de Austria, derechista y aliado con paramilitares, Engelbert Dollfuss, a quien Hitler también hace matar el 25 de julio de 1934, sangriento prólogo a la anexión de Austria el 12 de marzo de 1938.
El teatro, para no caer en ese limbo antihistórico de nuestras actuales tablas, exige puestas en escena actualizadas al día. Hay que saber y hay que explicar por qué se elige una obra y no otra; y ello debe surgir, no de declaraciones a los periódicos, sino de la misma puesta en escena. Un ejemplo, un tanto brutal, fue la revisión crítica de «Casa de muñecas» de Ibsen por Elfride Jellinek; otro ejemplo, más delicado pero no menos incisivo, fue la puesta en escena de Heiner Müller con el Berliner Ensemble, que vimos en Buenos Aires, año 2005: los hechos, reinterpretados por Müller, sugieren que el fracaso de Hitler, que se celebra cantando al final de «Arturo Ui», no fue tal; dicen que nos gobierna el espíritu de Arturo. Los hechos posteriores (Müller muere en 1995) mostraron que los pueblos de Afganistán e Irak, y próximamente de Irán, como los vendedores de verdura de Chicago, necesitaron y necesitan protección, que se paga con petróleo o con opio; los ejércitos invasores matan en nombre de la paz y la libertad. «…fue mi firme voluntad/ lograr la paz para el comercio de verduras./…Y para asegurar/ esa paz, he dispuesto hoy mismo/ Comprar de inmediato nuevas ametralladoras…» (Arturo Ui, o George W. Bush; ¿y qué tal Silvio Berlusconi?).
Naturalmente, no le podemos pedir a nadie que señale a los muchos Arturos Ui de hoy, que también los hay en las sendas de la izquierda; ya se sabe que Arturo es peligroso, y que cuando no puede pagar sueldos, tiene «métodos». Pero un Brecht sin ideología es un cadáver sin vísceras; y si la ideología de Brecht disgusta a las autoridades «progresistas», no hay por qué representarlo. Allí están, siempre disponibles, todos los digestivos y no menos ideologizados, todos los Alan Ayckbourn, Ray Cooney, Neil LaBute, Jack Patrick Shanley et alia, que en el mundo han sido, son y serán.
Pero no sólo Brecht es revisable desde la izquierda y hacia la izquierda. Aunque las conexiones de Hitler con la industria (Thyssen) y el comercio fueron reales, la visión del nazismo de «Arturo Ui» es gruesa, casi infantil. Los nazis son, cuando no un tanto ridículos, gangsters de Chicago o condottieri italianos a lo Giangaleazzo Visconti, que llegan al poder en un ejemplo de como «la política de la violencia vence a la política del dinero» (Oswald Spengler). Pero la coincidencia es sólo en los métodos: la ideología del nacionalsocialismo, y allí están Auschwitz, Dachau y Belsen para atestiguarlo, fue contra los mismos intereses bélicos de Alemania.
Heydrich, explícitamente, ordenó dar prioridad al transporte y exterminio de los judíos sobre y contra el abastecimiento regular de la Wehrmacht en la desastrosa campaña de Rusia.
En este «Arturo Ui» la revisión crítica ha sido sustituida por adornos, impromptus imaginativos y arbitrariedades. Brecht pide «…reminiscencias del drama histórico isabelino»; Rivero presenta a la obra con pujos de gran espectáculo y matices de historieta, un tanto a lo «Darkman», con unos comerciantes, dotados de picos en vez de narices y vestidos de negro, para que pensemos, ¡oh, qué ingenioso! «aves de rapiña».
Brecht, siempre movedizo e itinerante, pide variados escenarios: la Bolsa, la trastienda de un restaurant, el chalet de Dogsborough, el ayuntamiento, un juzgado, un entierro, una suite de hotel; Rivero hace transcurrir la mitad de la acción entre unos feísimos caños y una peligrosa rampa que nada significan, salvo molestias para los actores y perplejidad para el público. De la historieta sombría se pasa, cada tanto y como a los tumbos, a una comicidad de revista, como en la muy errónea escena del aprendizaje actoral de Arturo, que debería causar a los espectadores frío en la espalda, ante la fuerza de voluntad del gangster- político, pero que sólo hace reír.
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