Eter retornable: el teatro en borrador
Por otra parte se vuelve a viejos temas («La memoria de Borges», de Burel; si no se sabe qué hacer, se hace una selección de Lorca), se reponen obras de éxito («Esperando la carroza»).
Tal y como quedó congelado hace treinta años, se descongela y se sirve. No hay ni siquiera un conato de proyectar sobre el pasado las nuevas informaciones y luces del presente; no hay crítica en acción a nada de lo que se hizo ayer. Fue excepcional la idea de Calderón de poner a «La casa de Bernarda Alba» patas arriba («Las nenas de Pepe»). Por otro lado, casi todas las obras «originales» de autores jóvenes (la excepción fueron Christian Zagía, Luciana Lagisquet y Helena Botti) parecen borradores, carentes de todo trabajo de edición o acabado («Más vale solo», de Calderón, «Bu…nadie tiene miedo» o «La sagrada familia» de Gayvoronsky, «Corpus» o «La cocina» de Barrios). El colmo de la facilidad son las improvisaciones, que hasta se presentan como obras de teatro. Hubo buenos espectáculos de improvisación, como «Impro Delivery», de la escuela de Ricardo Beiro; pero por más gracia y talento que tengan estos espectáculos, las improvisaciones sólo son uno de los muchos ejercicios previos al teatro mismo, como las escalas de Hannon o las piezas de Czerny son ejercicios para el aprendizaje del piano.
Un caso evidente de esta claudicación ante la facilidad nos parece «Eter retornable», en la que si Angie Oña está muy lejos de Ionesco, no parece haber llegado, todavía, a ninguna parte. Las idas y venidas de una pareja, («Un matrimonio ácido, patético y cómico en proceso de separación»), sus alejamientos y reencuentros, ese bandoneón del sentimiento que separa y acerca los brazos, es un tema clásico de la improvisación, que ha fatigado desde los sainetes del 900 a los teleteatros de hoy. Es casi lo primero que se les ocurre a los actores, como por inercia, cuando se «tira un estímulo». Aparte de algunas deliberadas contradicciones, aún a lo Ionesco, Oña no agrega nada al esquema tradicional.
Pero si no se puede ser original, si no se tiene nada nuevo que decir, por lo menos se puede y se debe decir en forma novedosa. No todos los pensadores se atrevieron a decir que hubo un movimiento de restauración del paganismo que estuvo a punto de tener éxito con la coronación del Papa Alejandro Borgia, o que Sócrates era un canalla (Nietzsche); poca gente hay que se atreva a sostener que el actual catolicismo es una herejía triunfante, la «herejía paulina»(Robert Graves). ¡Nada de eso! ¡Paso a la rutina, al lugar común! La improvisación, con su aire espontáneo, de novedad, rara vez es nueva y rara vez es espontánea: suele repetir temas clásicos, escenas conocidas, recuerdos insignificantes.
Pero sobreviene el golpe mortal de los premios. Estas obras chapuceras, hechas a medias, son premiadas. Habrá dinero para la puesta en escena. El premio es visto como la confirmación del talento; no se quiere recordar que todos los fines de año, cuando se hace la historia de los premios Nobel de literatura, se advierte que se premió como lo mejor del mundo a una serie de mediocridades (José Echegaray, Jacinto Benavente, Gabriela Mistral, Romain Rolland, Pearl Buck). El tiempo, el juez definitivo, hace su obra; al fin, a veces a los pocos años, vemos a escritores que fracasaron sin remedio cuando, con menos concesiones, con menos «estímulos», con menos «apoyos al arte», podrían haber creado una obra valedera.
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