Opinión. El libreto de Hugo Burel es frangollado y superficial

La memoria de Borges, de Hugo Burel, en el teatro de La Candela

Pero la espectadora, impertérrita, insistió, su teléfono sonó no menos de tres veces más, el público la repudió, se encendió la luz de sala, Jones interrumpió la obra en tanto se iba la mujer con su móvil.

Los artistas viven de dificultades. Los contratiempos no hicieron mella a Jones, salvo, momentáneamente, en algunas transiciones entre el atónito actor, estorbado por una máquina, y el personaje. Roberto tuvo presencia, aplomo, gracia, matices vocales, sobria y adecuada mímica; ciertas dificultades respiratorias que lo aquejaron antaño, debidas a una desdichada dolencia física, parecieron, gracias a Dios, superadas. Por supuesto, ninguna dificultad respiratoria podría superar, y ni siquiera imitar, el anhelante habla, como si aspirara las palabras sin pasarlas por la garganta, del mismo Borges.

En cuanto al tema, para presentar hoy una obra más sobre Borges hay que decir algo original. Al escritor argentino, que tanto admiraba al Quijote, le ha sucedido lo mismo que al hidalgo manchego: «soportas elogios, memorias, discursos/ resistes certámenes, tarjetas, concursos» (Rubén Darío). El libreto de Hugo Burel es frangollado y superficial. No está a la altura de Borges; ni siquiera está a la altura de Jones. Del escritor hay muy poco, y de ese poco hay sólo fragmentos, generalmente inconexos. Se regodea Burel, como si fuera su descubridor, con la paradoja del comediante: yo soy Jones pero ahora soy, o quiero ser, Borges. El tema reaparece, terco y cansador, durante toda la obra: Burel está convencido de que sus oscuras divagaciones son más importantes que las precisas y luminosas páginas de Borges.

La superficialidad de la empresa se evidencia en errores biográficos. La ceguera de Borges no comenzó con un golpe: fue una inquerida herencia de su padre, cuya miopía, luego ceguera, lo obligó al retiro de su profesión de abogado. En cuanto a las opiniones políticas de Borges, Burel desliza la falsedad de un Borges pionero en la defensa de los «desaparecidos». Borges era un reaccionario: sus despropósitos políticos no deben ocultarse, como tampoco deben eclipsar su brillo como escritor. Apoyó la invasión de Santo Domingo (Lyndon Johnson, 1965), dedicó una de sus obras a Richard Nixon, elogió a la Junta Militar argentina que derrocó a Isabel Perón (1976), recibió una condecoración de Pinochet. No lo redime su muy tardío recibimiento a las Madres de la Plaza de Mayo.

Otro error biográfico grave, pero en la dirección contraria, es atribuir a Borges la expresión «ese pituco». referida a Adolfo Bioy Casares, No creemos que Borges empleara jamás esa expresión; que la empleara para calificar a Bioy es inverosímil. Entre Bioy y Borges hubo una firme y sincera amistad, plasmada en una casi diaria frecuentación y en colaboraciones literarias, como las obras de «H. Bustos Domecq». Amistad incompatible con el doblez de injuriar, a sus espaldas, a quien trata públicamente como amigo.

Finalmente, es extraño que en una obra de hoy sobre «La memoria de Borges» apenas se mencione la profusa vida sentimental del escritor. Es muy raro que apenas se nombre a alguna de sus amadas, amantes, amigas o todo ello a la vez (Norah Lange, Estela Canto, Silvina Bullrich, Margot Guerrero, Cecilia Ingenieros, Susana Bombal, Mandie Molina Vedia, María Esther Vázquez, Alicia Jurado, etcétera) a sus dos esposas (Elsa Astete, María Kodama) y a su madre, Leonor Acevedo. Es evidente que el apasionante libro de extractos del diario de Adolfo Bioy Casares «Borges» (1598 páginas) cuyo riquísimo material de anécdotas brindaría, sin desmentir la preexistente, una nueva imagen de Borges, no fue siquiera hojeado por Burel.

Y dudamos, a falta de una confirmación documental, de la existencia real de la insinuada, si que confusa, vinculación entre Roberto Jones y Borges.

LA MEMORIA DE BORGES, de Hugo Burel, versión de Roberto Jones, con interpretación de Roberto Jones. Escenografía y selección musical de Hugo Burel, iluminación y dirección de Alvaro Ahunchain. En teatro de La Candela.

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