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La última cena y los caballos

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­Este año me dediqué casi enteramente al tallado de madera. Piezas pequeñas realizadas en arce, en roble y en jacarandá. Trabajé en dos series simultáneas. Una de ellas está basada, diría que inspirada, en «La última cena», esa magnífica obra de Leonardo Da Vinci, en la que Jesús y cada uno de sus discípulos tienen una característica particularísima. Si uno se detiene a observar atentamente los rasgos y las expresiones de cada uno de ellos, se podrá advertir la riqueza expresiva de la obra en su conjunto. Es una pintura que siempre me ha fascinado. Tiene esa extraña atracción que la hace invalorable. En mí ejerce una fuerte impresión ya que por más análisis que se haga de ella, siempre conserva un secreto, un misterio oculto. Algo parecido me sucede con «Las meninas», que es otra obra misteriosa cuyos secretos nunca se acabarán de develar. Sobre esto, sobre esta fascinación que la obra de Leonardo ejerce sobre mí, he trabajado realizando una serie de piezas que pretenden desentrañar el espíritu de la creación.

 

­¿La otra serie?

­La otra es sobre la figura del caballo. Ese noble bruto cuya mirada trasunta, al igual que sucede con los perros, mucha más humanidad que la que demuestran los propios seres humanos. El caballo en diferentes actitudes, el caballo como símbolo de la libertad, como, tal vez, el primer transporte que tuvo el hombre, el caballo salvaje en pleno ejercicio de su libertad y también, lamentablemente, el caballo explotado como bestia de carga y como entretenimiento en competencias deportivas.

He tallado una docena de piezas (el número no es arbitrario) sobre «La última cena» y treinta equinos en sus más diversas actitudes y actividades.

Son obras de pequeñas dimensiones. En la serie davinciana alcanzan los treinta centímetros, mientras que los caballos son todos de catorce.

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