En escena. Una obra muy extraña que requeriría un ensayo para explicarla

El señor Puntila y su criado Matti, de Brecht, en el teatro El Tinglado

Gracias a esta feliz conjunción de los astros tuvimos «Un hombre es un hombre» con dirección de María Azambuja en El Galpón. Ahora Stella Rovella, franco tiradora impenitente lo ha intentado con «El Señor Puntila y su criado Matti»; hay murmullos de proyectos que conviene no revelar.

«El Señor Puntila y su criado Matti» es una obra muy extraña que requeriría un ensayo para intentar explicarla. La hemos leído varias veces; consultamos libros; si no llega a ser una esquiva Mona Lisa por lo menos puede pasar por un fragmento enigmático de la piedra de Roseta. Brecht dice que quiere divertirnos con una comedia; pero siempre quiere divertir, y sus comedias no están cortadas con el mismo patrón. Para Stella Rovella, en cambio, la obra no presenta dificultades. Es de lamentar, porque el difícil sello del autor estaba allí, entre las páginas de las ediciones cada vez más populares. La directora prefirió, por lo que vimos, esa entidad extraña que suele llamarse «farsa». De ahí las feas e inexpresivas máscaras, la atmósfera circense, el movimiento continuo, los trajes de colores. Pero sucede que la obra, con su aire ligero, su respiración primaria, tiene mucho más. Algunas frases dan la pauta de que Brecht no ha renunciado a ninguna de sus ideas y aún que la obra dice, discretamente, muchas de sus ideas. «El señor Puntila…» que tiene un paralelo con el binomio Don Quijote ­ Sancho, comienza mostrando a Puntila como un depredador de la naturaleza, pese a sus discursos «naturistas», como un explotador, pese a sus discursos igualitarios, como un ser en el que la hipocresía es la más auténtica de sus pasiones.

El Señor Puntila no sabe que es ridículo: el Puntila de Stella Rovella no sólo lo sabe sino que se esfuerza en mostrarlo por todas partes y con todos los elementos expresivos a su alcance. El Puntila de Brecht predica la unión de las clases, bajo su égida: el de Rovella parece sólo cansado.

El resultado era previsible. Una vez instalada la acción en el tren del absurdo, no es posible bajarse. Las escenas son todas cortadas con la misma tijera. Se siguen unas a otras, pero nada pasa. Puntila devora todo, pero es el espectador quien debió devorar, o por lo menos reprobar, a Puntila.

Diego Artucio es un actor admirable. Se extenúa, aunque Puntila no se esfuerza. Controla a su personaje, y es Puntila que se emborracha. Puntila es un explotador, pero no pensó ni remotamente en sojuzgar a gente de teatro.

 

EL SEÑOR PUNTILA Y SU CRIADO MATTI, de Bertolt Brecht, con Diego Artucio, Hugo Falero, Santiago Bado Carlos Morán, Diana Bresque, Marcelo Camino, Mercedes Pallares, Alejandro Nilson, Luciana de Salterain, Libeth Parra, Lorena Bolinches, Roberto Guida y Eduardo de León. Escenografía de Alvaro Domínguez, vestuario de Valentina Pérez y Jimena Vidal, luces de Laura Leisert, música de Fernando Ulivi, dirección general de Stella Rovella. En teatro El Tinglado.

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