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Tres nuevas obras en el Festival Iberoamericano de teatro de Cádiz

Concurso que incluye bailar al son de un piano siempre activo (Maija Kaunismaa). Es posible, aunque no probable, que las confusas situaciones de la pieza hayan sucedido; pese al movimiento casi continuo de la escena, poco o nada sucedió en el teatro.

No nos convencimos de que los actores de la pieza pudieran sortear con éxito las exigencias de ningún «casting»; pero así sucedió en los hechos. El recuerdo de esta obra comienza a borrarse con sólo salir del teatro y se esfuma instantes después..

El teatro callejero Humortal en la vecinal y concurrida plaza Loreto, situada en medio de un complejo habitacional sito en el istmo que une a Cádiz con el continente, trata, con humor, del peligroso tránsito después de la muerte. La amplia ocurrencia y el éxito creciente, que no sabemos bien si llamar «de público», de la cremación, puede estar menguando el trabajo de las empresas de pompas fúnebres; cuatro sepultureros, muy parcos y de paro, como protesta ante el cierre de los cementerios, han logrado lo que llamaremos un cliente, aunque no lo es, al que suponen llevar en un féretro. Atareados y movedizos, chambones y laboriosos, toda su actividad es estéril, cuando no contraproducente. Los sepultureros, cuyos diversos caracteres aparecerán en el curso de la acción, se las ingenian para tropezar, errar y pifiar como en los buenos filmes de Buster Keaton, Chaplin o Woody Allen. Al fin resulta que no había tal muerto; impertérritos, eligen un reemplazante entre el público. Suben a un ómnibus con el trajinado ataúd, cortan el tránsito, entonan, con la animada concurrencia, canciones fúnebres. El teatro callejero es un arte sobre una cuerda floja; el conjunto catalán «Encara Farem Salat» exorcizan y socializan con sus bromas a la muerte; ni decae ni se cae, y alcanza sus propósitos de instalar un rato divertido en el corazón de un barrio de Cádiz.

«Bicicleta Lerux, apuntes sobre la intimidad de los héroes», de Arístides Vargas, es una recreación, parodia o interpretación de «La Odisea»; tal vez pueda inscribirse sobre otras Odiseas, en particular sobre el «Peer Gynt» de Ibsen, que es un viaje, una Odisea que termina mal. La idea de Vargas de que Ulises (u Odiseo) nunca salió de su casa y que sus viajes son una paseo de la sala al comedor, guarda similitud con la puesta en escena de «Peer Gynt» por Ingmar Bergman, donde los viajes, que lo llevaban del nacimiento a la muerte, incluían un amor regresivo, hacia la madre. Si esta hipótesis sobre los propósitos de Vargas es correcta, todo lo que sucede en escena pertenece al mundo de los sueños; y el carácter agudamente fantástico, por más cables que tienden hacia la realidad, de los episodios equivalentes a los encuentros con Polifemo o Circe, así como el personaje, mentado pero nunca presente, del flaco Alfredo Lerux, así lo confirmaría. Pero, como dice Nietzsche, quizás de una manera estridente, «el poeta danza en cadenas» y Marco Aurelio nos recomienda emplear a todo lo que nos resiste. Sin resistencia, rota las cadena, Vargas se permite demasiadas libertades y la bicicleta Lerux de su imaginación va a rueda libre y resulta arbitraria, pesadamente solemne a veces, divagadora las más.

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