Héctor Bianciotti, de la Academia Francesa

El académico del sur

«Tengo una deuda inextinguible con Paul Valéry. Para leer sus textos en versión original me introduje, a los quince años de edad, en el delicado laberinto de la lengua francesa. Agradezco de todo corazón a vuestra Corporación por acoger en su seno a alguien que viene de lejos y que ha pasado del idioma de su niñez al de su literatura preferida por caminos de contrabandista, sin aportar otro presente que un mundo imaginario venido de otras tierras». Así empezaba el discurso de Héctor Bianciotti ante los miembros de la Academia Francesa al asumir su nueva condición de «inmortal».

Era el 23 de enero de 1997: los miembros de la docta corporación acaban de convertir en destino la elección que hizo un joven argentino un buen día de 1955. Fue un 18 de marzo: tenía apenas 25 años cuando dejó su tierra natal a bordo de la nave que lo llevaba a un continente desconocido: Europa, donde habían nacido sus padres, campesinos piamonteses que un día partieron de Italia para hacer fortuna en la Argentina.

Allí vivieron como modestos granjeros, entre tantos otros, y nunca entendieron por qué el pequeño Héctor era tan diferente de sus seis hermanos. Lo apodaban «la mosca blanca», es decir, la que es diferente a los demás. Por supuesto, como todos los hombres de la comarca, montaba airosamente a caballo; pero no comprendía ni la resignación ni la dura vida de trabajo de sus padres. Tenía una idea fija: huir de esa llanura interminable. «La angustia de mi infancia era no poder salir jamás de esa llanura argentina», recuerda.

Sus primeras lecturas se lo permitieron. En cuanto pudo hacerlo, se puso a devorar los escasos libros que había en la casa. Cuando llegaban el diario de su padre y Rosalinda, la revista femenina a la que estaban suscritas sus hermanas, los leía desde la primera hasta la última línea. Pero la primera etapa real de sus futuras andanzas pasa por Córdoba, donde a los quince años ingresa en el seminario diocesano. Para un niño pobre, es uno de los pocos medios para acceder al saber. Cuando se intenta escapar a la fatalidad de un futuro poco promisorio, es una fuga como otras.

A los dieciocho años, el futuro autor de Sans la miséricorde dus Christ abandona el sacerdocio, trueca las Escrituras por los textos de Paul Valéry. «Había visto su nombre en los periódicos porque acababa de morir. Así fue, sin profesor, como poco a poco aprendí el francés, con la ayuda de un diccionario. Luego descubrí a Claudel y, sobre todo, a Marcel Jouhandeau. Fueron mis tres escritores predilectos», confiesa.

Antes de partir de Buenos Aires, donde fue, entre otras cosas, escribano público y oficinista, y donde, como muchos, fue vejado por la Policía de Perón, no sospechaba todavía su deseo de escribir.

Sus primeros años en Europa fueron terribles, violentos, acosados por la soledad y la pobreza. Héctor Bianciotti los describe admirablemente en Le pas si lent de l’amour. En Roma fue un actor menesteroso y vivió como un vagabundo. En Madrid se convirtió en un director escénico indigente y en un viajero sin equipaje.

Por fin, a comienzos de los años sesenta, se establece en París, de donde ya no se alejará. El azar de los encuentros y su pasión por la lengua francesa lo llevan a desempeñarse como crítico literario en el semanario «Le Nouvel Observateur» y luego en el vespertino «Le Monde», asesor de prestigiosas editoriales como Gallimard y Grasset y, más tarde, el escritor que conocemos.

En 1977 recibe el Premio Médicis Extranjero por su libro Le traité des saisons. En 1983, una compilación de cuentos, L’amour n’est pas aimé, es coronada por el premio al mejor libro extranjero.

Entretanto, viente años después de su arribo a Francia, obtiene la nacionalidad de su país adoptivo. Su exilio termina realmente en París. Como si al cambiar de idioma, el hombre hubiera cambiado de piel. Habiéndosele prohibido de niño la lengua paterna, el dialecto piamontés, y crecido en el universo del castellano, Héctor Bianciotti redacta directamente sus novelas en un francés espléndido desde 1983, año en que emprende la escritura de Sans la miséricorde du Christ, obra galardonada en 1985 con el Premio Fémina.

«Al dejar Argentina emprendí un largo viaje. Para mí, el viaje solo terminó con la última frase de este libro, enteramente escrito en francés», decía entonces Bianciotti. Una historia-viaje que podría ser un modelo de integración lograda y que remataría en el reconocimiento por una de las instituciones más emblemáticas: la Academia Francesa.

Con él, los aires de la Pampa soplan ahora bajo la legendaria cúpula. Y la prosa de ese «barroco que trata de permanecer dentro de la norma» es respetada allí, trayendo consigo sus espejismos y sus paisajes venidos de otras tierras.

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