Slam

La Trampa

Jaime Secco

Pero no es un filme negro, también se muestran débiles salidas, al ritmo de la poesía rapeada que abunda y es de lo mejor de la película.

El muchacho (Saul Willimas, rapper y poeta en la realidad) tiene habilidad y gusto por la poesía, habilidad que gasta en entretener a los niños del barrio, a los que compra helados, y en confeccionar piropos para el traficante que lo surte de pequeñas cantidades para vivir. Un día, cuando le estaba pasando una rima («tus ondulaciones hacen vibrar la espina dorsal del universo»), una bala mata al traficante. Corre tarde y es agarrado con una mínima cantidad de marihuana, lo suficiente para 10 años de prisión si se declara inocente; dos si culpable.

Cuando entra a la prisión el encargado le observa que tiene el número 260 mil cuando en la ciudad hay unos 75 mil negros adultos. Eludiendo las luchas entre pandillas llega a la conclusión que eso es precisamente lo que el sistema quiere, que vendan droga y se maten entre ellos, para poder tenerlos a todos presos… o muertos.

Levin narra esta historia con su oficio de documentalista. Planos generales lejanos ponen distancia entre el personaje y su observador furtivo. Ese recurso se utiliza incluso en los abundantes primeros planos, de caras, conversaciones que no se escuchan de pies, cadenas, puertas y policías que van describiendo la rutina de una cárcel desde la que se ve el obelisco a Washington. La exhibición de los detalles es acompañada por la música de DJ Spooky, adecuada a los poemas que llevarán la carga explicativa de la película.

Los demás personajes ayudarán a delinear la trampa: el abogado le explica con estadísticas que no puede ganar; los jefes de pandilla, la lógica de la guerra. Aparece luego una profesora de literatura que va a la cárcel (Sonja Sohn), de la que el protagonista se enamorará y visitará al salir en libertad concidional. Ella lleva la voz del autor y su consejo rimado para salir de la trampa es atravesar el calvario, declararse culpable y salir del alcance de las pandillas y de la ley. Ella lo ha hecho.

«No puede ser, solo tenía una pizca de hierba. Tiene que haber una puerta mágica que me permita escapar», responde el personaje. Pero sabemos que no la hay, por lo que la sensación de trampa kafkiana está transmitida con eficacia.

Pero Marc Levin no quiso hacer una película trágica que se regodee con la derrota total de sus personajes. El quiere hablar a su gente, a quien está destinada. E, irónicamente, ahí está la debilidad de Slam. El sistema es una trampa –más para los negros del south west, pero en parte para todos nosotros–, pero Levin no puede pretender tener la solución sin caer en el manual de autoayuda. Hacer lo que el sistema manda, portarse bien, es una solución conformista y ser libre en espíritu no soluciona la prisión real.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje