Entre la épica combativa y el compulsivo amor por la libertad
En «La casa de La Estrella», el escritor Domingo Trujillo elabora una novela de fuerte trazo testimonial, que apunta a humanizar algunos memorables acontecimientos de nuestro pasado reciente.
Trujillo, que nació en 1946 en Montevideo, ha desarrollado una vasta producción literaria, que pone un fuerte acento en la recuperación de la memoria.
El autor debutó en la escena literaria en 2001, con «Kathinka», que es un libro de poesía. Posteriormente, publicó «Carlitos nunca estuvo en Internet y otros relatos» y «Una historia pendular».
En 2004, vio la luz «Guyunusa», que fue su primera incursión en la novela histórica. Esta obra, que recrea las circunstancias que rodearon al genocidio charrúa, le valió la obtención del primer premio en la categoría Narrativa Inédita, que le fue otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura.
Posteriormente, Domingo Trujillo publicó «Operación Caronte», «El reino de Candonga» y «Un pueblo llamado Víboras», logrando conformar una producción que sobresale por su calidad narrativa y su potente trazo documental.
En «La casa de La Estrella», el escritor toma como pretexto la recordada fuga de treinta y ocho presas políticas de la cárcel de mujeres, para construir un relato de excelente factura literaria y vuelo poético.
Cabe recordar que el operativo denominado «La Estrella» se registró el 30 de julio de 1971. Ese día, treinta y ocho guerrilleras tupamaras lograron evadirse del penal de la calle Cabildo, luego de un trabajo minuciosamente planificado desde afuera del edificio.
El túnel que posibilitó la fuga, cuya construcción estuvo naturalmente a cargo de integrantes del MLN, unía uno de los dormitorios con el sistema de cloacas en la mitad de la calzada.
Para consumar el osado operativo «La Estrella», la organización combatiente adquirió una antigua vivienda que estaba enclavada en los alrededores de Nueva Palmira y Democracia.
El propósito era construir un «berretín» y un túnel subterráneo que conectara con las cloacas, que permitiera llegar hasta la cárcel y al sitio donde estaban confinadas las reclusas.
El 8 marzo de 1970, dicho centro de detención ya había sido escenario de un episodio similar, cuando trece tupamaras, luego de haber asistido a un oficio religioso, se fugaron por la nave central de la iglesia que existe en el predio de la cárcel.
Esta fuga, que se sumó a otras evasiones no menos impactantes protagonizadas por los guerrilleros, constituye la materia prima de este atrapante relato, que está narrado con abundante acción y suspenso.
El autor construye la historia a partir de la peripecia de un guerrillero de escasa monta, cuya participación en el espectacular operativo va pautando el discurrir de la creación literaria.
Desestimando toda tentación discursiva o panfletaria, Trujillo otorga a su personaje una profunda dimensión humana, que se desmarca claramente del heroísmo.
Trabajando con varios tiempos narrativos que se superponen permanentemente, el escritor entreteje el azaroso itinerario de Paulino, que, más que un osado combatiente, es una suerte de sobreviviente.
El relato, que por momentos adquiere aristas cinematográficas, conduce al protagonista a través de los laberintos de una existencia cargada de riesgos y acechanzas.
Condenado a la clandestinidad, el protagonista padece el trauma del desamparo. Su libertad ambulatoria está fuertemente limitada y hasta debe cambiar de identidad para no ser capturado por las fuerzas represivas que le pisan los talones.
Su vida es una auténtica aventura, que oscila recurrentemente entre la épica y el temor. Es el alto precio que debe pagar por haber abrazado pasionalmente el proyecto revolucionario que apunta a la liberación nacional.
En un giro literario realmente infrecuente, Domingo Trujillo crea un segundo personaje imaginario, que opera como la voz de la conciencia del atribulado Paulino.
Ese susurro interior que lo interpela, lo aconseja y hasta lo ridiculiza, es realmente una metáfora de la soledad y el padecimiento del solitario guerrillero.
Se trata claramente de un caso de personalidad disociada que haría las delicias de un psicoanalista, que se nutre del miedo pero también de la angustia y hasta de la locura.
En buena parte del relato el personaje permanece enterrado en una cueva lateral al túnel por el cual huyeron las reclusas de la cárcel de mujeres, que naturalmente no puede abandonar.
Hambriento, sucio, extenuado y quebrado emocionalmente, todo su mundo se reduce a ese estrecho escondite, que semeja una patética cámara mortuoria.
Paulino se siente enterrado en vida, bajo el sonoro taconeo de las botas de las fuerzas represivas que rastrillan minuciosamente la zona en busca de su presa. Nada puede hacer, excepto esperar hasta que pase el peligro.
Domingo Trujillo registra sabiamente el hondo dramatismo de esa situación extrema que, para el protagonista, es una pesadilla de muy incierto desenlace.
Sin abandonar en ningún momento el eje central de la épica fuga de las guerrilleras, el autor se desliza a través del mundo subterráneo del maltrecho sobreviviente.
Ese agobiante universo, que en ciertos aspectos parece arrancado de las páginas de la magistral Divina Comedia de Dante, es un infierno de cloacas, túneles y terribles encierros.
De algún modo, el escritor sugiere la crucial paradoja que experimenta este combatiente por la emancipación nacional, enfrentado, a la sazón, a la emergencia de luchar por su propia libertad individual.
Escrita con singular pasión, rigor y convicción, esta es una novela de trazo desencantado, que transforma al terror en primordial materia prima literaria.
El autor no desestima ningún recurso expresivo, con el firme propósito de trasladar al lector la angustia y el padecimiento de un ser humano terriblemente agobiado y acorralado.
La frontalidad del discurso literario corrobora la abnegación, el estoicismo y el sacrificio de un grupo de idealistas que, hace más de cuarenta años, emprendieron una epopeya combativa que permanece impresa en el imaginario colectivo.
Más allá de la mera derrota militar, esa peripecia existencial compartida marcó un crucial mojón en el largo proceso de transformación de la sociedad uruguaya, que requiere ser profundizado.
No en vano, en el período de posdictadura, la literatura se ha ocupado abundantemente de esa emblemática experiencia insurgente, que ha conformado un auténtico subgénero de sólido éxito editorial.
En «La casa de La Estrella», Domingo Trujillo elabora un relato que mixtura la historia y el testimonio de un tiempo de aguda polarización ideológica y violencia política, mediante un acento que privilegia lo humano sobre lo heroico.
El autor confirma nuevamente su reconocida predilección por la indagación del pasado, desmarcándose claramente del ejercicio historiográfico y el alegato.
Aunque Domingo Trujillo confiere a su narración una estructura eminentemente novelesca que cuando es menester enfatiza la acción y el suspenso, la historia asume siempre un perfil contundentemente testimonial.
«La casa de La Estrella» es una obra realmente removedora, que corrobora la indudable sabiduría y el vuelo literario de un escritor que ha alcanzado la definitiva madurez creativa.
(Editorial Fin de Siglo)
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