Exclusivo. LA REPUBLICA en el festival de Cádiz

Excelencias del teatro de Colombia

Los ojos del hermano eterno se propone con «Simplemente el fin del mundo», metas claras, conoce los medios a su alcance y alcanza cumplidamente sus fines.

La obra de Lagarce, como todas las del autor es múltiple de sentidos y temas; se ahonda en la mente el espectador, luego de un comienzo engañosamente coloquial, trivial, a medida que transcurre. Luis, el protagonista (Jhon Alex Toro) anuncia ante un micrófono, con una lámpara que alumbra cruelmente y de muy cerca su rostro, que tiene 34 años y que va a morir; y comienza la obra. Vuelve a su casa, como en «J’étais dans ma maison et attendait que la pluie vienne»: Lagarce no nos explica por qué ni para qué: sabia represión de la inteligencia, que divide, en pro del sentimiento que sintetiza. Es posible que Luis quisiera anunciar su fin, despedirse; es posible que quiera reencontrarse consigo mismo, con el pasado; es más posible aún que no sepa a qué vuelve, y tal vez su regreso no sea iluminador ni resuelva nada. Dialoga, uno por uno, con sus familiares, los escucha, soporta sus reiteraciones, sus esfuerzos desesperados por llegar a él, su resignación ocasional a un mero intercambio superficial, a un contacto imperfecto: sabemos de Luis y de su familia tanto o tan poco como de nosotros mismos.

Estas obras de acción indirecta, donde todo hay que verlo como en un negativo fotográfico, donde la obra tiene que ser formada o concluida por el espectador, exigen un tono, una forma de comunicarse con el espectador, muy precisa y tenue, pero siempre a punto de quebrarse. Manuel Orjuela, el joven y ya eximio director, lo ha logrado plenamente. Las escenas, siempre íntimas, se instalan sobre un fondo negro, como las oscuridades a explorar de la memoria y son pautadas por un extraordinario timbalero, en vivo, que con su percusión revela lo que está, sigilosamente, sucediendo. Cada personaje, luego de hablar con Luis, se sienta aparte, apaga una breve luz y se hace invisible, ya en las orillas del olvido. Al fin, un notable solo de timbales anuncia la muerte; se hace un silencio, surge de las tinieblas la madre, pronuncia el nombre del hijo, un luz alumbra una silla de niño. Todo ha terminado; pero no hay un fin, o no podemos saber si hubo un fin; estamos ante el misterio de la vida.

«Ariadna» por el grupo andaluz Atalaya tiene la ambición de competir con los clásicos griegos, porque el mito de Ariadna no se incluye dentro de las tragedias salvadas de la destrucción y el olvido. Pero Esquilo o Sófocles no son importantes por narrar las desventuras de Edipo o Agamenón; y reducidos a la anécdota o a ese extraño artefacto llamado «versión», quedan en anécdotas frías y sin ritmo, que es decir sin alma. Pero precisamente el dramaturgo debe convertir la anécdota, luego de pasar por su propia vida, en un nuevo ser, independiente tanto de la génesis como del autor. «El beso en el asfalto» (Nelson Rodrigues), «Rojo y Negro» (Stendhal) y «Un acto de comunión» (Lautaro Vilo) se fundaron en hechos reales; pero esos fueron sólo los hilos alrededor del cual se formaron los cristales. Hilos catalizadores, que quedaron fuera; espermatozoides que murieron en la fecundación.

«Esta puerta, ayer, hoy y mañana» por el grupo peruano Yuyachkani puso en la pequeña pero suficiente escena del Baluarte de la Candelaria las conocidas hazañas del ejército peruano que, «en busca de terroristas», y ocultándose los oficiales bajo apodos, diezma un pueblo campesino, viola sus mujeres, nacen hijos sin padre; gobierno y jueces acusan a las madres de mentir, pero los niños están allí; una ley inicua maniata a la justicia….como se comprende, cualquier coincidencia con el Uruguay es pura semejanza, y es difícil juzgar en términos de arte a una denuncia dolorosa y verdadera. Pero hay en Yuyachkani un arte heroico, por encima del dolor y con él como elemento, en las canciones que nombran a la alegría con voz de sombra, en las flores que deben engalanar la vida con su necesario lujo, en la puerta de uso múltiple en medio de la escena, como tránsito, comienzo, fin, espacio de vida, imprescindible proyecto de porvenir.

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