Paños menores

J. A.

Corpiñeras anuncia su fracaso en el infeliz título y lo confirma paso a paso hasta la escena final.

La historia de dos tejedoras de corpiños a domicilio flota en ese mundo irreal donde la economía y la explotación del trabajo humano no existen, donde los personajes no parecen tener ni pasado ni futuro y donde adoptan una personalidad impuesta por un autor apresurado en hacerlos hablar sobre el escenario.

Con la mitad del tema de Corpiñeras Florencio Sánchez escribió, hace ya varios años, La pobre gente, con caracteres creíbles, una denuncia de la explotación del trabajo a domicilio y del «marchandage», su valiente feminismo y la rebelión prometeica contra el padre omnipotente.

La autora de Corpiñeras, Miriam Russo, no se detiene a indagar cómo es la vida de esas obreras y no bien pone a las corpiñeras frente a frente y agujas en mano echa mano, primero, al viejo sainete, con la rivalidad con las Pérez, que son las de enfrente o las de al lado, luego al grotesco a lo Roberto Cossa anexándoles un anciano paralítico al que cuidan por dinero y finalmente a la escatología de las revistas con la descripción de quién lo hace orinar y quién de limpiarle el trasero.

La trama se desarrolla –si este verbo tiene algún sentido en Corpiñeras— a los bandazos, con escenas que se siguen sin mayor lógica ni necesidad, para peor mal terminadas con abruptos apagones que no cierran sino que cercenan lo que, a falta de palabra más adecuada, debemos llamar acción; el naufragio final está en el desenlace, que es a la vez previsible –si tenemos en cuenta la torpeza dramática de la autora– e ilógico, ya que no está razonablemente preparado ni en consonancia con los propuestos antecedentes.

Si agregamos que la pieza está escrita sin pulcritud, sin una frase ingeniosa, elegante o reveladora, que no tiene inventiva verbal, ni chispa, ni gracia y que vierte sobre el público el evangelio triste de que el mundo fue y será una porquería, todo espectador, creemos, se plantea el problema de por qué alguien concibió la idea de traer a nuestro medio tan malhadado espectáculo.

Podría pensarse que la pieza fue un pretexto para una puesta en escena inspirada; no es así, porque la dirección de Alfredo Goldstein es rutinaria, de un ritmo desmayado, casi tan penosa como la historia que cuenta. Queda por fin la actuación, donde dos de nuestras buenas actrices llegan a sus momentos menos felices. Isabel Schipani adopta un tono forzado que no le cuadra ni se explica nunca y que, como se comprende de inmediato, conspira contra la naturalidad que la pieza quiere tener; Elena Zuasti, con una dicción más sobria, no logra encarnarse en un personaje sin sustancia y su interpretación es exterior, puramente compuesta. Para peor, ambas actrices deben soportar una peluca y un peinado que no concuerdan ni con sus edades ni con sus facciones, añadiendo a la percepción del espectador una nueva perplejidad.

Creemos que Corpiñeras se juega al éxito a través de la vulgaridad crasa, tan tentadora luego de realizaciones como Venecia, de Jorge Accame y las invenciones televisivas de Marcelo Tinelli o Susana Giménez. Si Russo lo logra, que lo disfrute; pero que no invoque el arte dramático cuando le llegue la época de las vacas flacas.

Corpiñeras, de Miriam Russo, con Isabel Schipani, Elena Zuasti y Ruben García. Escenografía y vestuario de Hugo Millán, música de Fernando Ulivi, luces de Andrés González, dirección de Alfredo Goldstein. En Teatro del Anglo, sala 1.

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