4ª Dimensión
A las cien páginas, el protagonista se encuentra sentado frente a una mesa cuando escucha que una puerta se abre a sus espaldas. Al girar para ver de quién se trata, la persona que está a la puerta retrocede sin ser vista.
Unas doscientas páginas más adelante, el mismo personaje abre una puerta y ve una figura sentada ante una mesa que, pese a estar de espaldas, le resulta familiar. En el momento en que el hombre sentado inicia el giro, el protagonista entiende que es él mismo quien se está dando vuelta y retrocede apresuradamente para evitar la paradoja del encuentro consigo mismo.
Frequency, torpemente traducida como Desafío al tiempo, juega con esos tópicos, que por cierto no son novedosos y que han sido desarrollados dentro de la ciencia ficción además de por Asimov, por una docena larga de autores.
Los méritos de Frequency en el tratamiento de esa idea, sin embargo, no son pocos: plantea el tema sobre una interesante situación dramática, elude resolver el asunto por el lado de los efectos digitales, muestra a un par de buenos actores haciendo lo suyo con solvencia y además se las ingenia para hacer funcionar todo eso sobre una veloz estructura de thriller.
En octubre de 1999, John Sullivan (Jim Caviezel) es un policía de 35 años que acaba de ser abandonado por su mujer. Jugueteando con el viejo equipo de radioaficionado heredado de su padre, logra ponerse en contacto con este en la víspera de la Serie Mundial (las finales del besibol estadounidense) de 1969, 30 años antes, el día previo a su muerte en un incendio.
Escuchando los consejos de quien dice ser su hijo en 1999, el bombero Frank Sullivan (Dennis Quaid) se salva y ese cambio modifica en forma imprevisible el curso de la vida de su familia y especialmente, la de su hijo en el futuro. Durante los siguientes cincuenta minutos de filme, padre e hijo se afanan en su intento por volver a encauzar las cosas, complicando cada vez más sus existencias en sus respectivos presentes.
El director Gregory Hoblit no descubrió el hilo negro pero demuestra que sabe hacer crochet con él: no trabaja sobre una idea original pero la resuelve en forma dinámica, hace cine de Hollywood pero no abusa de los tics más obvios de la industria, hace ciencia ficción pero opta por crear un filme de situaciones tensas y dramáticas antes que por saturar la pantalla de efectos especiales digitales. Varios lujos visuales, empleados en los momentos clave de la película, muestran también a un tipo que tiene sentido y gusto para hacer lo que otros harían en forma chata y desangelada.
Si a eso se suman las correctas interpretaciones de Caviezel y Quaid y un atendible guión de Tobi Emmerich (hijo del aburrido Roland Emmerich), Frequency resulta un preciso mecanismo de relojería: todo está en su lugar para que cada segundo sea exacto.
Last but not least, el filme juega con las posibilidades de modificar nuestra existencia, la de nuestros seres queridos, con el deseo de poder evitar la pérdida de estos, algo que se encuentra profundamente enraizado en cualquier persona que tenga los afectos mas o menos en orden.
Por supuesto, en Frequency todo es mucho más dulce que en la vida real, pero a veces basta con que el cine sea eso, algo más dulce que la propia vida.
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