LA GUERRA DE LAS NEURONAS
Si están bien conservadas llegan a ser cien mil millones. Pero cuando comienzan a oxidarse, a estropearse, a extinguirse por mal uso, a enlentecer su respuesta, a elegir ser malas, perversas y guerrear contra las buenas, a envejecer este es uno de los momentos más críticos comienzan a perderse, a desaparecer, a ir quedando unas pocas.
El pasado lunes 29, muy inquieto sentí que una de las más belicosas, la número 18.783, casi seguro que fue esa neurona y no otra, inició una batalla contra las semi-dormidas y les agredió con una sarta de barbaridades. Les reprochaba que no se dijera nada del escándalo en Bailando por un sueño, en el caso del escupitajo a Jorge Lafauci, un periodista con 40 años de trabajo en diarios y programas de radio y televisión.
Las más tranquilas defendieron su silencio por el hecho que tanta guaranguería no merecía ningún leudante para alimentar la desubicación de una XXXL en senos, la que salivó a dicho jurado.
Tanta fue la insistencia, se fueron agregando otras miles en pro de comentar el hecho, que al fin la victoria fue de estas.
Lo ocurrido en el programa de Tinelli, que nuevamente es responsable de regalarnos lo más simple y ramplón de la televisión argentina, lo que siempre le da el mejor nivel de teleaudiencia, y que ahora asumimos como si fuera uruguayo con tanta atención, tiene pocas formas de calificar.
Los hechos fueron muy rápidos, difíciles de contener, es cierto. Una desconocida, que es argentina pero siente amor por los mexicanos, lo que no está mal, participó de una etapa del programa que fue «el repechaje», en el que se iban a elegir nuevas parejas para alargar el «Bailando» hasta fines de diciembre.
Tiene como nombre artístico Sabrina Sabrok.
Su razón de estar compitiendo fue tener tantos implantes mamarios, casi treinta, que la han convertido en la mujer con senos más grandes en el mundo dicen que está en el libro de Guinness. Es impresionante, realmente. Unos globos inflados que tienen esa forma, de simples pelotones para jugar a la piñata o a desinflarla pinchándola
Basta verla para entrarle una sensación de rechazo, cuando no de grosero y vulgar. Repele cualquier sentimiento de simpatía. Ella supone que es la súper sexy y que es deseada por todo el mundo, pobre.
En el programa, sin mediar palabra caminó hacia el jurado y allí eligió a Lafauci y, con una demostración de ordinariez imposible de empardar, le lanzó su gargajo, lleno de una supuesta bronca reivindicando al pueblo mexicano. Todo porque Lafauci dijo que «los mexicanos eran feos».
Cabe pensar que los conceptos de belleza y fealdad no son iguales en todo el mundo.
Que los asiáticos no son galanes de Hollywood, como no lo son los latinos, oriundos de ese mundo subdesarrollado que no tiene plata para gastarse en cremas, afeites, olores y ropajes de Chanel, Dolce y Gabanna, Armani u otros nombres exquisitos de la vacía sofisticación, eso es cosa archisabida por los del Norte, para quien los aindiados de esta América Latina son unos siempre barbudos, desmelenados y sucios morochotes.
No encaja muy bien esa defensa de los feos, que somos muchos pero no tan malos como para andar escupiendo a los vecinos.
Esta mujer, que anda torcida en la vida, cayendo hacia delante, no tuvo empacho en aceptar que le «gusta ser ordinaria» y que es mirada por todos, cosa que no se puede negar, pero mire, doña Sabrina, usted es fulera, fea, vulgar, espantosa, y si la miran y la tocan será para comprobar que no es una pesadilla, que no estamos ante un monstruo que anda suelto.
Y si alguien la oye hablar peor impresión se llevará.
Se sabe que tiene un sitio en Internet. Allí puede seguir su carrera.
Como simple perendenga y baratija de segunda, como bailarina de tercer nivel, como conductora de programas de cuarta en los que suele emitir opiniones muy profundas sobre erotismo y sexo, y que, en su país de estacionamiento, anda por un canal de televisión de quinta.
Deplorable todo. Y dando pasto a todos los programas que se ven en nuestra tarde con los chimentos porteños, lo que no queríamos imitar.
Las neuronas vencidas solicitan al buen lector que sepan perdonar estos extravíos y caídas en la berretez.
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