Drama francés. Llega "Una mujer partida en dos", un explosivo triángulo amoroso

La fragilidad de los afectos

La sociedad burguesa nacida del vientre de la modernidad, suele condensar las peores paradojas del modelo de la acumulación capitalista, que subvierte despiadadamente los valores de la cultura de convivencia.

Ese patrón civilizatorio edificado sobre el individualismo exacerbado y el éxito fácil, desestima de plano la solidaridad y la justicia como presupuestos indispensables para la consecución de la pública felicidad.

En vísperas de una recesión mundial de proporciones apocalípticas, parece indispensable reflexionar en torno a la necesidad de construir una nueva ética que privilegie al ser humano más allá de meros indicadores macroeconómicos y ecuaciones de mercado.

Esta epidemia de incertidumbre que provoca el desplome de las bolsas de valores y los sistemas financieros globales, es la punta del iceberg de un problema aún más traumático: el fracaso de un sistema incapaz de satisfacer genuinamente las aspiraciones colectivas.

El cine ha retratado recurrentemente esas situaciones de crisis, cuya génesis reside realmente en factores endógenos vinculados a las conductas humanas, las frustraciones y la desmedida obsesión por la acumulación.

En «Una mujer partida en dos», el maestro francés Claude Chabrol ­uno de los padres de la nouvelle vague­ construye un desencantado cuadro humano, que indaga osadamente en las intimidades de una sociedad huérfana de afectos y utopías genuinas.

Esta es una historia de seres solitarios y atormentados, que buscan una redención imposible a través del amor y la obsesiva aspiración de concretar proyectos recurrentemente inconclusos.

La protagonista del relato, que está ambientado en Lyon, es Gabrielle (Ludivine Sagnier), quien trabaja como anunciadora de pronósticos meteorológicos en una cadena televisiva.

La joven vive junto a su madre, una librera que carga sobre sí con el abrumador estigma de la soledad y de un pasado de fracasos afectivos que la narración no profundiza.

Obviamente, la ausencia de la figura paterna ­que supone una suerte de amputación­ la induce a proyectar su necesidad de afecto en un hombre treinta años mayor que ella.

Esa suerte de conflicto freudiano pauta las tensiones del primer tramo del relato, cuanto la protagonista conoce y se relaciona íntimamente con Charles Saint-Denis (François Beréand), un famoso escritor hastiado de la notoriedad y la frivolidad mediática y angustiado por el inexorable advenimiento de la vejez.

Como el intelectual es casado, el clandestino romance transcurre entre las cuatro paredes de un departamento, que atesoran el secreto de un amor prohibido.

El tercer actor de este triángulo es Paul Gaudens (Benoit Magimel), un joven rico, caprichoso y ocioso, habituado a manipular a todos los que le rodean y a comprar afectos.

Huérfano de un padre famoso, el despreocupado burgués vive junto a su madre ­que es una mujer clasista y manipuladora­ y a dos hermanas tan solitarias como él.

Su inicial obsesión por la protagonista, que con el tiempo deviene en auténtico amor, será el disparador de un sordo conflicto de reales proporciones que lo enfrentará al adúltero escritor.

Obviamente, la rivalidad entre ambos no sólo se dirime en el terreno afectivo. El joven realmente envidia el éxito y la notoriedad del artista que, a diferencia de él, ha logrado construir su prestigio mediante el trabajo y el esfuerzo.

El célebre Claude Chabrol transforma una convencional trilogía amorosa en una auténtica guerra por la supervivencia, en la cual está en juego nada menos que la siempre esquiva felicidad de los protagonistas.

Mediante un pulso narrativo pausado que privilegia la dualidad de las conductas humanas en un entorno complejo, el veterano realizador construye un relato sobrio, potente, moroso y despojado, que desnuda explícitamente las dramáticas fragilidades de la condición humana.

En un reparto parejo y competente, sobresalen las actuaciones protagónicas de Ludivine Sagnier y François Berléand.

Pese a estar distante de su esplendor de otrora, Chabrol asume una aguda mirada a las etologías de una burguesía decadente que se desmorona, presa de sus propios complejos, sus paranoicas contradicciones y el colapso de su caduco sistema de valores.

«Una mujer partida en dos» es un filme de acento desencantado, que indaga en la radical crisis de los afectos, la soledad y la frustración de una sociedad insatisfecha.

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