Excelencias y perfecciones en el Festival de Porto Alegre
Ya columbrábamos que los responsables de «Zona de guerra», también de O’Neill, no podían ser menos en este «Largo viaje de vuelta a casa».
Encontramos aquí la misma perfección en todos los aspectos: ahincada comprensión del texto, imaginación y sensatez en la concepción del escenario y en la ocupación del espacio, flujo melódico de la escenas, actuación que mezcló bien granos de irrealidad con el barro de la realidad, banda sonora integrada a la historia que se presenta y, como si todo esto fuese poco, alguna razonable innovación en la trama, que realza la idea de O’Neill. La pieza, una melancólica meditación sobre la nula importancia de nuestros «proyectos», «vocaciones» y «carreras», deja oír la grave y cálida voz del autor, siempre inteligente y, en última instancia, tierno y compadecido de nuestras miserias. Esto es el, al fin, el teatro: y lo es, en parte, porque, como pocas veces, aparecen trabajadores en escena y, como al trasluz pero claramente, la siniestra explotación del hombre por el hombre.
La Compañía Triptal ha sido invitada al festival O’Neill que organiza el Goodman Theatre de Chicago, de enero a marzo del 2009, por sus «contemporáneas e inventivas interpretaciones».
«A obscena señora D» de Hilda Hilst (Jaú, Sao Paulo, 21 de abril de 1930 Campinas, 4 de febrero de 2004) y «O animal do tempo» de Valère Novarina (Chêne Bougeries, Suiza, 4 de mayo de 1947) padecen del defecto contrario a aquellas virtudes. Hilst se entusiasmó con las gárgaras de que «Nadie sabe hasta hoy qué es lo obsceno. Obscena es para mí la miseria, el hambre, la crueldad. Nuestra época es obscena». Novarina, que conocimos en el Uruguay gracias a Luis Cerminara y la Alliançe Française, se lanza a una rapsodia sobre el hombre, el animal y el tiempo, no ya en el estilo moralista solemne, sino en el estilo depredador desesperado. No somos nada.
La obscena mujer (Suzan Damasceno) es viuda, vive en el vano de una escalera, se pinta las uñas y sobre todo se masturba y se masturba y se ríe y se ríe, todo ello sin fe ni corazón. Fuera de esas acciones indiferentes, la actriz habla y habla derrumbada en un sillón y bajo una muy tupida mata de pelo. La pieza que vimos adapta una narración; pero a pesar de que el tema ha sido ampliamente discutido, no se han tenido en cuenta aquí, una vez más, las diferencias entre la narrativa y el teatro. Vimos a una actriz decir (y quizás ilustrar) un cuento o novela.
Ana Kfouri, intérprete y autora de la música de «O animal do tempo» trata de paliar las incomodidades del recitado con música que ejecuta con un acordeón piano. Despliega gran actividad física, no deja de moverse; su dicción es monótona, sin matices.
«Margaritas enlatadas», título que guarda cierta simetría con «Morangos mofados», del mismo Caio Fernando Abreu (2007, dirección de Luciano Alabarse) conmemoró, con la escenificación de tres de sus cuentos lo que habría sido el 60º aniversario del autor riograndense, muerto en 1996. Las calificadas actrices, que también dirigen, dan la original atmósfera de Abreu: alegría y desesperación, vida y spleen, independencia y solidaridad, quizás también cielo e infierno.
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