Tres episodios. Las aguas bajan turbias

Mare Nostrum, de Dino Armas, por grupo Aventura en Teatro de Agadu

Después de la ininteligible, pero persistente, exhortación en off de Saraví de que, si nos gusta la obra, hagamos «un bis por el autor» (sic), se oye, de comienzo a fin, la canción «La mer», si no nos equivocamos en la voz de Charles Trenet; canción que reaparecerá varias veces y cerrará la pieza. ¿Advirtieron los lectores, por fin, que el mar es el tema de la obra? Armas lo tratará en tres episodios.

Sigue una canción española también sobre el mar; entra Héctor Minini, que el programa identifica sólo como «hombre» y nos cuenta de su infancia, con particular atención a abuelas curanderas, santiguados y milagrerías; en un segundo plano Chela Fernández («mujer», según el programa) vierte agua en una palangana y canturrea. Lo creerán o no, pero toda la pieza es la narración del hombre, luego de algunas abluciones, sobre cómo de niño se curó del asma mediante el repulsivo hechizo de escupir en la boca de un pez vivo, luego devuelto al mar. Al fin Minini dice, refiriéndose al oleaje, una frase para la antología de la mala literatura: «…ese ruido, ronco y repetido, es el alma de mi infancia».

En el segundo episodio, «Día de playa» (título también engañoso, como se verá) «Tiritando» y Donald han reemplazado a «La mer» y Charles Trenet. Vemos una familia en la montevideana playa Ramírez, con sombrilla, trajes de baño, etcétera. La mama, una italiana que no habla en italiano aunque Dino Armas pretende que sí, lanza a su hijo Pedro (Rodolfo Ortiz, con una barriguita postiza) insinuaciones (y más tarde acusaciones) malévolas sobre si Luis, el hijo retardado que Pedro ha creído tener con su esposa Beba (Mariana Cardozo, traste postizo) no es, en realidad, hijo de un seductor carnicero del barrio; todo esto en diálogos molestados por emocionantes pedidos de sandwiches de salame, rastreras burlas al retardado e ingeniosísimos chistes de doble sentido a partir de cosas como que la arena está «caliente», los cuernos y otras digresiones. Pero hete aquí (sorpresa que haría palidecer de envidia a Alfred Hitchcock) que nunca estuvimos en la playa Ramírez, ni siquiera en Montevideo, sino en el living de una casa de Sídney, Australia, donde los protagonistas son reprendidos (y corregidos, en un alarde de pedantería, en cuanto a la pronunciación del inglés) por la hija del matrimonio (Susana por Stefanie Neukirch) que emigró del Uruguay a aquella lejana Oceanía para triunfar.

El episodio final tiene todavía más dobles fondos, tan confusos que no sabemos bien si lo que presenciamos fue un momento de una filmación o una escena en un manicomio.

En las apariencias, «Rumor de mar» trata de una mujer (Amalia, por Chela Fernández) tan adicta a la televisión que no puede ni siquiera prestar atención a graves episodios que suceden ante su puerta y mucho menos a su estólido marido (Avelino, por Héctor Minini); grave tema, este de la alienación, etc., etc. en el que Armas insiste por demás; pero en realidad Amalia es una actriz y lo que dice y sucede es el libreto de un filme.

El final, con Pablo (Daniel Garín) que con un guardapolvos de médico o enfermero declara su emoción porque Inés (Stefanie Neukirch) lo llamó por su nombre, es enigmático pero no da lugar a intriga alguna, porque reaparece en la banda sonora Charles Trenet a quien se hace cantar, otra vez de cabo a rabo, «La mer».

No recordamos, en lo que va del año, y pese a otros importantes esfuerzos locales, nada que nos hiciera sentir tan humillados y avergonzados por el solo hecho de haber ido al teatro como «Mare Nostrum».

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