¡Callensén!
Cuando se produjo la movida de la vacunación contra el maltrato, una crónica periodística consignaba que alguien había anunciado: «bueno, ahora remánguensen que los van a vacunar».
No sé si el que habló pronunció efectivamente la ene final o si fue el cronista que se equivocó, pero el hecho viene a propósito para hablar un poco de un barbarismo ya viejo pero que desgraciadamente mantiene su vitalidad. Me refiero a la adición de una ene después del pronombre enclítico en las construcciones de imperativo. El caso más corriente sucede con el verbo callar(se), cuando alguien ordena silencio a un grupo: «¡Callensén!» Como se advierte, dicho sea de paso, se cambia la sílaba tónica y la voz verbal pasa de esdrújula a aguda: en vez de «cállense» se dice «callensén»; dos errores en un solo vocablo.
Yo calculo que el fenómeno se debe a que la tercera persona del plural (que es morfológicamente igual a la segunda) del imperativo termina en ene: vengan, digan, oigan, miren, canten, etcétera, y cuando le agregamos el pronombre reflexivo porque es un verbo pronominal, la voz no termina en ene sino en e. En la expresión «que se vayan» no hay problemas porque el pronombre se ubica antes del verbo, pero si usamos el imperativo, el pronombre va enclítico (al final y unido al verbo) y decimos «váyanse»; pero se ve que a mucha gente no le suena la falta de ene final y le encajan una: «váyansen» o «vayansén». Hay incluso quienes dicen «diganmén», «comprenlón», en vez de «díganme» y «cómprenlo».
Pero el imperativo ofrece otras dificultades. La primera persona del plural (nosotros) tiene sus caprichitos. En efecto, decimos ‘salgamos’, ‘comamos’, ‘hagamos’. Pero en los pronominales debemos omitir la ese final: ‘hagámonos cargo de la situación’ (y no ‘hagámosnos cargo’), ‘mirémonos en el espejo’ (y no ‘mirémosnos’). Esta norma se aplica sólo a los pronominales, pues cuando tenemos otro pronombre enclítico al final del verbo mantenemos la ese final: ‘hagámoslo’, ‘comámosla’, ‘digámosle’, etcétera.
Como ve, amigo, el idioma tiene sus bemoles, sus becuadros y sus semifusas.
–Bueno, a ver si entendí. Pidamos otra botella, abrámosla y tomémonos otra copita. ¿Ta bien?
–Impecable. ¡Qué lo parió!
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