Exposición. Se inaugura en Buenos Aires y luego se verá en Montevideo

Cartas a Felisberto Hernández con ilustraciones de Amalia Nieto

A continuación se transcribe fragmento del texto escrito por Sergio Elena Hernández, nieto de ambos, en un importante y hermoso catálogo, sumamente ilustrado.

Entre los años 1935 y 1937, mi abuela Amalia Nieto ilustra más de cien cartas en el marco de su intenso intercambio epistolar con mi abuelo Felisberto Hernández.

Dibujos en tinta y acuarela, que luego Amalia recortó y enmarcó, tuvieron su génesis en la época de las giras de concierto de Felisberto, por el territorio uruguayo, litoral argentino y ciudades fronterizas con Brasil. Todo ello en sintonía con la segunda audición de «Petrouchka» de Stravinsky, en su versión para piano en tres movimientos, interpretada por el propio Felisberto, junto a algunas de sus composiciones. Entre ellas ­amén que ha sobrevivido­ se destaca «Negros», inspirada en el ritmo de los tamboriles, y de reminiscencias stravinskyanas.

Dentro de este contexto, y dentro de lo que hemos llamado junto al escritor Jorge Sclavo, el «Teorema Felisberto», es decir el carácter de aventura-periplo de las giras, y su resolución insólita, es que aparecen entonces los citados dibujos, de carácter emotivo-geométrico, y que llevan implícitos ­pese al fuerte contenido mercurio-mental­ las fuertes cargas subjetivas del momento. No he dudado en bautizarlos: Los Petrouchkos.

El ciclo de Los Petrouchkos nace bajo la influencia de los cursos de abstracción y universalismo constructivo de Joaquín Torres García quien fue el demiurgo, el mago, que inició a Amalia en los misterios de la geometría interna: «en este punto-centro, que a la vez cada uno es centro de sí mismo como aspectos del ser, están comprendidos el tiempo y el espacio, y de aquí saldrán las líneas y todas las figuras geométricas.

Con estos elementos tú trabajarás», dictaminó Torres García.

Amalia, entonces, emprende la abstracción.

Al igual que Felisberto, que en su juventud desde su piano acompañaba las películas mudas y colocaba los sonidos sobre la pantalla, Amalia coloca sus imágenes-dibujo sobre las cartas-pantalla dirigidas a Felisberto. Como peces multicolores en una gran pecera, curiosamente, éste será ­al menos por ahora­ su vital elemento.

En más de una oportunidad Amalia acompañó a Felisberto en sus giras de concierto.

(Recordemos que Felisberto, en estas giras-aventura-periplo, como he dicho, debía tocar en pianos destartalados y apolillados.

Amalia se paraba junto a él «lo más inadvertidamente posible» (sic) y simultáneamente mientras tocaba le iba levantando las teclas hundidas por fallas de mecanismo. No hace falta imaginar los públicos. Tampoco las polillas).

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