En escena. LA REPUBLICA en Brasil

El festival de teatro de Porto  Alegre prosigue a toda marcha

Se planeó color, levedad, predominio de lo físico, con acrobacias y carreras de extremo a extremo, actuación resaltada, puesta en escena con tendencia a lo circense, maquillaje pronunciado, decoración (más que escenografía) en varios escenarios, siempre con colores estridentes, vestuario brilloso y llamativo.

Los actores, entre los que debemos destacar a Lauro Ramalho y Sofía Salvatori, tienen buenas condiciones y cumplen el plan de la puesta en escena. En nuestra percepción, las ideas de Shakespeare quedaron opacadas por el movimiento continuo y la saturación de adornos, verbales y espaciales; esa sobrecarga dañó el ritmo de la obra, que se alargó y estiró hasta caer en baches y tiempos muertos.

«Zona de guerra» de O’Neill es una de cuatro piezas de su serie «Hombres del mar», que pone en escena la compañía Triptal de São Paulo. La acción sucede en un barco que transporta armas de los Estados Unidos a Inglaterra durante la primera guerra mundial; el autor plantea como tema, con su agudeza y dominio del arte que le fueron habituales, la distorsión de los caracteres, y aún de la vida y del trato humano bajo la presión del miedo: sin más motivo que su cuidado religioso de una caja negra, uno de los marineros es sospechado de espía alemán. Lo que sigue es un microcosmos de horror y paranoia que alude, a través de los años, a las sombras que se menearon para justificar las invasión de un país con petróleo.

La sobria puesta en escena (André Garolli), que emplea una perfecta iluminación y un grupo impecable de actores, sigue a la letra y con soltura la brillante pieza de O’Neill.

Ya conocíamos «Anjos e grilos» («Angeles y grillos») sobre poemas de Mário Quintana que presentó Deborah Finocchiaro en la sala Bruno Kiefer de la Casa de la Cultura Mário Quintana, con la dirección de Jessé Oliveira. El terruño que canta la autora en «Historias de um canto do mundo» (literalmente «Historias de un rincón del mundo») es Rio Grande do Sul y en particular Porto Alegre: su estilo es, según los temas, actual y militante, lírico, trágico a veces, dramático, didáctico y reflexivo; incluye coreografía, música y canciones, algunas de la autora, la imprescindible información histórica y, por sobre todo, el refinado y elocuente arte de performer de Finocchiaro, que llena el escenario con su múltiple presencia y algunos aderezos de vestuario y escenografía que extrae de un baúl mientras habla y canta. De los espectáculos locales, hasta ahora, «Historia de um canto do mundo» es de los mejores.

Pocos espectáculos tuvieron el refinamiento, producto de una precisa y meditada puesta en escena (Celso Frateschi) de «Tío Vania» de Chejov, por Agora Teatro de São Paulo. Los actores mostraron una dicción exquisita, de amplio y variado registro y un perfecto equilibrio, entre intensidad y contención, producto de un sólido trabajo de comprensión del libreto.

La pieza (dos horas con un intervalo de diez minutos) apenas simplificada, se instaló con autoridad, tuvo escenas nítidamente compuestas en armado y resolución, distinguió bien las partes dramáticas de las cómicas, avanzó con firmeza y ritmo y culminó, calma y emotiva, con el gran monólogo de Sonia. Sin que lo que sigue implique menoscabar al hermoso y virtuoso espectáculo, debemos decir que, posiblemente con la intención de hacer más y mejor, el director, añadió algunas circunstancias que, antes que contribuir a la trama, desconcertaron un tanto al espectador. Primero, una escena de desnudo femenino, bien lograda en su género; luego, que Astrov, un médico ucraniano ya maduro, fuera interpretado por un joven negro que apenas pasa los veinte años y por fin, las entradas procesionales de los personajes, que a veces, cuando no actuaban, estaban a los costados de la escena.

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