Arte

El infierno tan temido

Son casi mil personas expulsadas de la sociedad, recluidas lejos del mundanal ruido, en condiciones inhumanas, sin contacto con sus familiares o amigos, «considerados irrecuperables y destinados a ser institucionalizados de por vida. Su perturbación mental y sus experiencias dolorosas rara vez son atendidas y son pocos los casos en que tienen acceso a una rehabilitación terapéutica», se lee en el texto del afiche de Límites, la golpeante exposición que tiene lugar en el Cabildo de Montevideo, solamente hasta el 14 de setiembre.

Límites está cuidadosamente estudiada y el montaje, al modificar la frialdad del espacio municipal en un lugar acogedor, resalta la inteligencia y sensibilidad de los organizadores. El visitante inicia la crudeza del alucinante recorrido entre rostros fotografiados que miran para ser mirados y ese cruce de miradas establece el primer contacto con una realidad otra, oculta, desplazada de los círculos sociales y culturales como un remordimiento, una culpa colectiva que no se quiere mencionar, salvo en estallidos puntuales de violencia o denuncias esporádicas, para luego continuar con el silencio. A esos rostros reveladores de dramas íntimos, de ansiedades y reclamos de comunicación, se suceden los enclaves colectivos en las comidas comunitarias, el descanso y la siempre omnipresente soledad, el contemplar a través de rejas en habitaciones desnudas con paredes carcomidas y sucias, surcadas de grafitti. Son fotografías de implacable contundencia que sacuden la adormecida, cómoda sensibilidad del receptor.

En la parte central de la muestra, un video de cerca de diez minutos, realizado por Alejandro Dubé (nombre registrado en la memoria por su exposición sobre Los peludos, los cañeros de Artigas, en Galería Río de la Plata), que apela exclusivamente al poder de la imagen, sin palabras, en un guión visual que se interna, con delicada objetividad y contención, en el mundo habitado por los desamparados totales, en un emocionante registro de impecable factura y un final liberador. Es un video para presentar en certámenes internacionales.

«El objetivo de esta muestra ­escriben en el catálogo los fotógrafos­ no es provocar, denunciar y dejar todo como está. Es el de abrir el diálogo y crear una participación más activa de la sociedad. Es el de involucrarnos con el sufrimiento de los demás. En nuestra cultura, los pacientes mentales son percibidos como anónimos sin rostro y temibles. Por el contrario, ellos son más vulnerables que nosotros».

La última parte del recorrido hay una selección de pinturas y poesías. Es notable. La imaginación de Rosa Cahzur, nacida en Durazno en 1947, con acuarelas que recuerdan la salvaje hermosura de Egon Schiele, y sus dolientes confesiones poéticas: «Estoy triste/ como si viera pasar / mi entierro / No espero a nadie/ No espero nada / El tiempo detenido / En los relojes funcionando/ La mañana será como la noche/ La noche no tiene mañana. En otra: Me gustaría/ que hubieran / muchos seres / que dijeran / me gusta tu pintura / me gustan tus poesías / pero más / me gustaría / que hubiera / un solo ser / que dijera / TE AMO / aunque no pintes / ni escribas». O los fuertes retratos de Gladys Casavalle que escribe: «Me gusta dibujar porque me hace pensar», en sorprendente captación del acto creador. Otros casos remiten a los impávidos retratos de Javiel Raúl Cabrera (Cabrerita) como los ardientes colores y sintéticas formas de Alicia Ferrari, donde una tónica expresionista parece el común denominador. En el terreno de la narrativa, Carlos Perdomo cuenta su vida de afectos desencontrados y decide: » No traeré hijos a este mundo».

Al acto inaugural asistieron numerosos internados de ambas instituciones y encontraron instancias de felicidad al ver sus obras exhibidas en las paredes del Cabildo. El mérito se debe a Susette Kok y Alejandro Dubé que lograron horadar la frontera de lo indecible para instalar con lúcida interrogación la responsabilidad social y solidaria con el Otro.

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