Bill Viola y arquitectos actuales en el Museo del Parque Rodó
A partir del 3 de febrero, todo el mes estará dedicado a una Antología de Bill Viola. De ancestros italianos, Viola nació en Nueva York en 1951; vive y trabaja en Signal Hall, Los Angeles. Se formó en la Universidad de Siracuse, N.Y., graduándose en Estudios Experimentales en el College of Visual and Performing Arts. En 1970, veinteañero aún, con el apoyo del profesor Jack Nelson, empezó a experimentar con Super-8 y video en blanco y negro, convirtiéndose en un pionero de la técnica. A lo largo de esa década produce numerosas cintas e instalaciones de video que, según afirmó, eran didácticas y su contenido era el propio lenguaje utilizado, pues exploraban las posibilidades y condicionamientos de la tecnología y de la percepción humana.
Fue inevitable el encuentro con Nam June Paik, el inventor del video arte, y Bruce Nauman, otro adelantado, con quienes hizo varias muestras.
Como miembro de un grupo instalador de televisión por cable y asesor técnico en video, en esa misma época, conoce a David Tudor, el pianista y compositor de la compañía de danza de Merce Cunningham, entre cuyos colaboradores figuraban John Cage y Robert Rauschenberg. Será el comienzo de una larga colaboración y juntos presentarán la escultura sonora Rainforest. A partir de se momento Viola considerará el sonido como una materia moldeable, de notoria influencia sobre la percepción de la imagen. En 1974 se inventa la cámara portátil de video, el color y los editores, el rumbo de la nueva expresión técnica adquiere una dinámica vertiginosa. Pasó a trabajar como asesor técnico en un estudio de producción de video en Florencia, Italia, y el contacto con el arte y la cultura europeas marcaron su derrotero.
Pasó muchas horas en las catedrales grabando los sonidos. La acústica y el sonido se convirtieron en fenómenos físicos esenciales para Viola al considerarlos con mayor poder que las imágenes al atravesar las paredes, rodear las esquinas y ser percibidos simultáneamente en 360 grados en torno al espectador e incluso penetrar en el cuerpo. Descubrió, así, la arquitectura acústica de los espacios y encontró una relación vital entre lo visto y lo no visto, entre la subjetividad abstracta y la materialidad exterior. Por consiguiente, se orientó a utilizar la cámara como una suerte de micrófono visual.
Etnólogo, Bill Viola recorrió el mundo estudiando las costumbres indígenas en las Islas Salomón en el Pacífico, Java, el Sahara tunecino, los monasterios budistas tibetanos en el Himalaya, el teatro Noh en Japón (allí practicó la meditación Zen), pasó semanas con una manada de bisontes en el Parque Nacional de Wind Cave, Dakota del Sur. Esa dilatada y plural, intensa y apasionante experiencia vital y espiritual, lo llevó a interiorizarse en las filosofías orientales a través de los maestros D. T. Suzuki, discípulo laico del Zen y residente en Estados Unidos, y de Amanda Comaraswany, historiador de arte indio de Sri Lanka, así como de los místicos occidentales San Juan de la Cruz y el Maestro Eckhart. Nutrido del taoísmo chino, el budismo tibetano, el misticismo judeocristiano y el budismo Zen japonés, Viola intentó abrir las puertas de la percepción con una actitud mística original y originante (Hay que recordar que místico viene del griego myéin, que significa cerrar los ojos).
En 1998 el Museo Whitney de Nueva York organizó la primera gran retrospectiva de Bill Viola que tuvo su arranque en el County Museum of Art de Los Angeles (Lacma) y continúa su itinerancia por los principales centros culturales del mundo. Entre las quince instalaciones de video, algunas de considerable tamaño, hay varias conocidas en certámenes internacionales (bienales de Venecia, Lyon, París, Documenta VI y IX, Centro de Arte Reina Sofía, ex American Center de París, Lannan Foundation, Los Angeles, Sesc Pompeia, San Pablo, entre otros muchos y prestigiosos). Con una compleja parafernalia tecnológica y enormes pantallas de proyección, las obras de Bill Viola son difícilmente trasladables por su enorme costo.
Entre las instalaciones mayores del videomaker Bill Viola están Room for St. John of the Cross (1983), The Theatre of Memory (1989), The Sleepers (1992), Nantes Triptich (1992), Arc in Ascent (1992), To Pray Without Ceasing (1992), Slowly Turning Narrative (1992), Stations (1994), y las cintas de video ya clásicas, The Reflecting Pool (19777-79), Anthem (1983), The Sleep of Reason (1988), Chott el-Djerid (A Portrait in Light and Heat, 1979), Hatsu Yume (First Dream,1981), I Do Not Know What it is I Am (1986) y The Passing (1991), sin duda su obra maestra.
John G. Hanhardt, curador de filmes y videos del Museo Whitney, escribió: «Al ver una obra de Viola, uno queda inmediatamente impresionado por su capacidad para asombrar y emocionar: un sentimiento de descubrimiento se impone a medida que vemos la imagen video transformarse a través de una poseía intertextual que explora nuestra relación con el mundo exterior. Bill Viola retorna el arte a cuestiones fundamentales del ser y vemos el misterio y la belleza de la existencia revelados por la mirada del creador desenvuelta por la óptica de la cámara video».
La mayoría de las películas en video que conforman la Antología de Bill Viola que se presenta en el Museo Nacional de Artes Visuales fueron una gentileza del artista a este cronista cuando lo visité en su austero taller de Los Angeles, California; The Passing fue adquirido en un museo estadounidense.
El tránsito (The Passing, 1991). Este video surgió en la vida de Bill Viola bajo el peso de dos emociones contradictorias y simultáneas, el nacimiento del hijo y la muerte de la madre. Al principio, confesó el autor, debía ser apenas un video sobre el desierto que había aceptado realizar para la TV alemana. No se sentía muy inspirado pero igualmente quiso cumplir el contrato. Grabó algunas imágenes del desierto pero no quedó satisfecho. No sabía qué hacer con ellas. Luego recibió la noticia de que su madre estaba hospitalizada en estado de coma. Entonces grabó a la madre enferma y el nacimiento de su hijo. De la edición de todas estas imágenes, a las que agregó algunas de Arc in Ascent, instalación presentada en la IX Documenta de Kassel, resultó El tránsito, un video de 52 minutos y sin ninguna palabra.
El tránsito está íntimamente ligado a los trabajos anteriores por su temática, eminentemente autobiográfica. La vida y la muerte como metáfora (el nacimiento del hijo, la agonía la madre), elementos simbólicos esparcidos en el discurso narrativo: travesías por túneles, ruinas oscuras, desiertos rocosos como imágenes del miedo y la muerte que opone al sol brillante, las velas, las luces de trenes y autos, un niño encaramado en un árbol (el Arbol de la Vida), un pájaro blanco en el tejado (la Resurrección). Y el permanente ruido del agua como una alusión a una mente perturbada por la muerte y el nacimiento y las percepciones ampliadas de experiencias pasadas. Los paisajes inundados aluden al Diluvio Universal, la vela al vigilante ojo de Dios (semejante al candelabro de El Matrimonio Arnolfini de Van Eyck) y la genealogía de la vida.
Viola esculpe los sonidos. Los exagera, los amplifica o los reduce hasta el susurro, a la respiración que une al hijo que duerme con la madre agónica para, finalmente, poner en evidencia que el tránsito entre la vida y la muerte es una manera del autoconocimiento, de las ordalías a que es sometido el ser para ir de la oscuridad a la luz. Al observar lo cotidiano pone de relieve lo extraordinario, similar al monólogo interior de St
ephen Dedalus en el Ulises de James Joyce, en el que todo lo que había que ver era mirado por la pérdida de la madre.
El tránsito es uno de los seis videos de Bill Viola que se conocerán por primera vez en Uruguay (Primera de una serie de notas referidos al ciclo «Videos de –y sobre– creadores contemporáneos» que se iniciará el 3 de febrero en el Museo Nacional de Artes Visuales).
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