TOUCHÉ

Admiración y amor por la antigüedad

–¿Con mucho trabajo?

–En lo que respecta a trabajos de restauración más o menos el de siempre. En el taller seguimos trabajando duro. Antes éramos solo mis hermanas y yo, ahora la familia se amplió y también se nos asoció una amiga de toda la vida. Luego, respecto al local de ventas, estamos abocadas a la compra de más muebles y objetos, de piezas raras.

 

–¿Qué significa para ti una pieza rara?

–Como raro defino aquello que es muy difícil de encontrar. Por ejemplo, el mes pasado, casi de casualidad, me topé de pronto con una pipa inglesa del siglo XVII. El dueño me dijo que la había comprado en Buenos Aires por muy pocos pesos. Quería saber si tenía algún valor y si era auténtica. Buscamos en los catálogos británicos y la encontramos. Aunque era poco el arreglo que había que hacerle, la restauré y el propietario quedó loco de la vida. Ahora ya no la tiene como un trasto casi inútil, sino que incluso la está ulilizando.

Otro caso es el de una cómoda francesa que encontré en un remate. Si bien no llama mucho la atención, la compré porque me gustaba un espejo que tenía como piso en el fondo de un cajón. Resulta que cuando la desmontamos para limpiar cada pieza, debajo del espejo descubrimos tres pañoletas italianas de seda que están impecables y que tienen alrededor de doscientos años.

 

–¿Que te llevó a esta profesión?

–Mucha gente piensa que es por el dinero y no es así. En realidad, fueron mis padres quienes despertaron en nosotras la curiosidad, la admiración y el amor por la antigüedad, por sus objetos, por todo aquello que el ser humano ha soñado y luego concretado en objetos de arte. Si por mí fuera, si pudiera vivir de otra cosa, nunca vendería una pieza. Simplemente las compartiría con mis amigos. En casa conviven la Biblia y el calefón. Estamos rodeadas de objetos antiquísimos.

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