Sensible. Hoy se estrenará el aclamado filme israelí

La visita de la banda: encuentro  entre dos culturas antagónicas

El cine cuenta con una abundante producción testimonial, que ha registrado, con mayor o menos rigor, las graves consecuencias de ese permanente estado de tensión que ni la descongelación de la Guerra Fría ha logrado mitigar.

En ese contexto, naufragan las expectativas de una paz duradera, que otorgue a los pueblos la certeza de poder desarrollar una convivencia armónica y más civilizada.

Más allá de eventuales acuerdos, el enfrentamiento bélico de Medio Oriente sigue siendo el principal foco de tensión internacional, por reivindicaciones aún pendientes de dilucidación y la acumulación de odios ancestrales.

En «La visita de la banda», el debutante realizador israelí Eran Kilirin ­que obtuvo 35 galardones por este filme pero no pudo competir por el Oscar a la Mejor Película Extranjera por sus diálogos en inglés­ asume una nueva mirada panorámica en torno al estado de las relaciones humanas derivadas del conflicto.

Esta historia, aparentemente mínima, narra la peripecia de un grupo de músicos egipcios que llegan a Israel, con el propósito de actuar en una ceremonia a la cual fueron invitados.

Sin embargo, en virtud de un conjunto de equívocos e imponderables, la banda queda abandonada a su suerte en un pequeño y casi olvidado pueblo israelí, perdido en medio del desierto del Negev.

Confrontados a la inesperada situación, los azorados músicos uniformados encuentran la solución en una mujer, quien les proporciona todo lo necesario para subsistir en tal emergencia.

El relato, que discurre entre la comedia de humor rampante y el testimonio, apunta claramente a minimizar las tensiones subyacentes entre dos pueblos que conviven en una región impregnada de violencia.

De algún modo, la obra reflexiona en torno a las actitudes humanas, que no siempre están en sintonía con los intereses geopolíticos o económicos de los grandes centros de poder.

Desistiendo del mero alegato pacifista, Kolirin teje un fino entramado humano, que tiende a restituir la necesaria armonía relacional entre dos pueblos sempiternamente condenados a vivir con miedo y desconfianza.

El cineasta construye un elocuente paisaje costumbrista, que indaga, a menudo osadamente, en los comportamientos y las psicologías de los protagonistas del relato.

Eran Kilirin no desestima, cuando es menester, recurrir a abundantes apelaciones al absurdo, con el propósito de otorgar a su relato el mayor realismo y verosimilitud.

En estas circunstancias, «La visita de la banda» es una auténtica experiencia de descubrimiento, que el espectador debe asumir como una suerte de viaje iniciático.

Contrariamente a lo que podría pensarse, el discurso cinematográfico no tiene como eje central el encuentro entre culturas antagónicas, sino el rescate de las actitudes más allá de los meros estados de tensión subyacente.

«La visita de la banda» es un filme sensible y narrado con singular esmero, que reflexiona, a menudo con un humor de tono desenfadado, acerca de la siempre perdurable universidad de los valores humanos.

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