Un hombre es un hombre, de Bertolt Brecht, en El Galpón
Números de animadores de cabaret que prodigaban un humor político astringente que rozaba el arte de los payasos; línea que continuó, con un arte propio y mejores dotes para lo cómico Darío Fo.
En «Un hombre es un hombre» Brecht daba sus primeros pasos en lo que luego fue su «teatro épico»; y quienes recuerden «Madre Coraje» no dejarán de encontrar en la viuda Begbick (Silvia García) el prototipo de aquella inolvidable heroína posterior.
La puesta en escena de María Azambuya restringe la obra a su segunda versión (1931): prescinde, entre otras escenas, de los sucesos en la pagoda del Señor Amarillo y del asalto a la fortaleza de Sir El Yovr.
La acción se sitúa en un colorido y artístico escenario (Gerardo Bugarín) donde toca el piano y canta una solvente artista, escenario que por momentos es un cabaret, la pista de un circo, campo abierto, un cuartel o una cárcel.
La cuidada adaptación de Azambuya se atiene en lo esencial a la trama, a las ideas y propósitos de Brecht. Las palabras, extraídas de otros textos, muy bien dichas por una narradora, no inducir la idea de un texto escolar o una clase de economía o marxismo: apunta la obra a una crítica social, pero no del militarismo ni del imperialismo, sino de nuestra casi irresistible deshumanización por el capital y su manejo desatentado del dinero, lo que es claro en las páginas del «Manifiesto del Partido Comunista» de Marx y Engels, y su consecuencia, la transformación del hombre en un soldado, en un valor de cambio, tesis muy visible en la escena de la subasta del falso elefante. El modesto estibador Galy Gay, que sale a comprar un pescadito, se ve transformado por una trivial sucesión de casualidades y mediante un «entrenamiento básico», en un soldado que podrá reemplazar al ausente Jeraia Jip y aún al temible y al fin emasculado sargento Fairchild, el «Cinco sangriento», terror de sus subordinados, la patrulla de ametralladoristas del ejército inglés en la India, cuya mutilación dice que el destino de todo ejército es la muerte, aún la propia.
La interpretación es otro de los méritos de la dirección de Azambuya. Es compuesta, bien articulada y, en cada una de sus partes, brillante; y en un elenco convincente y sin fallas, Marcos Zarzaj cumple de la mejor manera la interpretación del protagonista, el estibador – soldado Galy Gay. La iluminación (Juan Carlos Moretti) tuvo siempre exactitud y precisión; a menudo añadió sorprendentes y adecuados destellos artísticos, bien ubicados en la trama, que realzan y hacen lucir. «Un hombre es un hombre» nos trajo una ráfaga de recuerdos de los años 50′ y 60′ cuando «El Galpón», en particular con las puestas en escena de Atahualpa del Cioppo, ofrecía brillantes espectáculos de arte que no desmerecían por decir, sin énfasis ni retórica, como en voz baja, eternas verdades sobre el hombre y el mundo.
UN HOMBRE ES UN HOMBRE, de Bertolt Brecht, adaptación de María Azambuya, por El Galpón, con Sarit Ben Zeev, Marcos Zarzaj, Angeles Vázquez, Gabriel Hermano, Pablo Dive, Mauricio Chiessa, Silvia García, Gerardo Begérez o Fernando Vannet, Gabriel Hermano, Pablo Dive, Mauricio Chiessa y Silvia García. Música de Carmen Pi, cantantes y ejecutantes Carmen Pi o Clarisa Prince, escenografía de Gerardo Bugarin, vestuario de Hugo Millán, iluminación de Juan Carlos Moretti, dirección de María Azambuya. Estreno del 16 de agosto, teatro El Galpón, Sala Atahualpa.
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