OLIMPLIADAS NEUROTICAS
El espectáculo continúa. Son tres semanas en las que uno tiene la posibilidad de aprender geografía y deportología, una disciplina que permite entender cómo hay países que dedican su tiempo a extraños juegos y a compartir lágrimas de las perdedoras, aquellas que en el último esfuerzo fallaron por un traspié.
Hay que repetir la calidad de la emisión televisiva de cada deporte, con cámaras siempre bien ubicadas y siguiendo en los justos planos las alternativas de cada prueba.
La natación, por ejemplo, fue una muestra de lo bien que se puede ver una carrera desde todos los niveles, por debajo de los cuerpos en el agua, al costado o por tomas elevadas muy precisas, aunque, en realidad, al final, solo se buscaba lo que podía hacer ese extraordinario Michael Phelps, logrando llevarse todas las medallas que quería, casi un egoísta, mire, por no querer compartirlas.
Lo mismo con el atletismo y las pruebas de pista en las que hubo otro grande, un jamaiquino o jamaicano, como quiera, Usain Bolt, capaz de volar en los 100 metros llanos y regalar, quizás con un poco de soberbia, sus últimos metros bajando el ritmo para esperar a sus competidores.
Y todas las representantes femeninas de ese país.
En este caso comienzan los cuestionamientos. ¿Por qué los uruguayos no figuraron en ningún podio, porque anduvieron tan mal, hasta lejos de sus mejores marcas? ¿Somos tan poca cosa en el deporte que no traemos ni una medallita?¿Cuáles podrán ser las razones?
Entonces nos planteamos el caso de los jamaicanos. Hijos de una isla al sur de Cuba, en el Mar Caribe, que uno cree que es pequeña y solo para los cruceros turísticos, con apenas 240 kilómetros de largo y algo así como 80 kilómetros de ancho, pero que tiene casi tantos habitantes como Uruguay, cerca de 2 millones 700 mil, de población casi toda negra. Buscando referencias uno encuentra con que es independiente desde hace poco tiempo, 1962, y que es parte de los países que integran el dominio de Gran Bretaña.
Encuentra, además, que son religiosos extraños ya que creen en el Rastafarismo, culto insólito que se generó sobre Haile Selassie I, el último Emperador de Etiopía, a quien ven como Dios hecho hombre. Y ahí quizás comprenda esos movimientos con la mano en una persignación desconocida.
La duda no se termina. Ni por cuestiones religiosas. ¿Por qué vuelan? Parece ser que hay estudiosos que han encontrado una diferencia y que se llama «Actinen A», que suena a dopaje, pero que sería una sustancia, un componente de carácter genético que tienen esos isleños que actúa en las fibras musculares de contracción rápida, que no tienen otros humanos. Creerlo o no, lo cierto es que pusieron vergüenza en los otros competidores.
La memoria, claro, sirve para las viejas bromas cuando los africanos eran los más veloces y se decía que corrían tanto para evitar que los comieran los leones. Estos jamaiquinos son, en su mayoría, descendientes de africanos pero no tienen leones en la isla.
La televisación, ya está dicho, ha sido perfecta aunque nuestros canales privados han gastado pocos minutos para cubrir los eventos, más allá de la inauguración, quizás y eso es lógico, por los pocos celestes que andan por tierras orientales.
Pero mirando algo, uno puede encontrarse con algunos juegos que parecen tontos y para nada olímpicos.
Como el Bádminton, un entretenimiento que los ingleses practicaban para matar el tiempo mientras dominaban la India y que luego se expandió a dos o tres lugares más y que consiste en pegarle, como si fuera el tenis, a una pelotita de corcho de unos 5 gramos llena de plumas de ganso. Una bobería plena.
Que no entusiasma a nadie de estos lados. O el voley en la arena donde dos contra dos luchan por lograr lo mismo que los equipos de voleibol en cancha firme. O el simplón ping pong, una diversión de nuestros niños.
Se podría preguntar por qué no juegan al fútbol en la arena, más movido, o el fútbol cinco, o al futbolito de mesa, con esos jugadores de palo que entretienen a tantos chiquilines.
O por qué no juegan a la arrimadita, a las bochas, a la rayuela, a la mancha o a las escondidas. O porque no hacen más en ciclismo el kilómetro contrarreloj. O qué los llevó a no aceptar el boxeo femenino, donde una uruguayita es campeona mundial. O por qué el rugby tampoco es parte de los cinco aros.
O por qué no integraron a los partidos en los frontones con raqueta de madera, donde Uruguay era uno de los países fuertes.
La neurosis parece haber ganado a las neuronas, es cierto. Pero todo parece indicar que los organizadores prefieren asegurarse aquellos juegos donde los grandes puedan ganar.
Y nosotros, como pequeñines, perder.
Mucha gente, claro, optará por ver a Tinelli. O a los «Profesionales de siempre» o a «Intrusos en el espectáculo» o ese pobre entretenimiento de gente que procura atravesar un paredón.
Y aquí, al final de cuentas, podríamos ganarnos una medalla de oro como televidentes de programas chatarras argentinos, lo que bien podría ser un ejemplo del deporte de no hacer nada.
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