Arte

Rodin arrasa en Buenos Aires

Instalado en una antigua residencia particular de estilo neoclásico francés, de acuerdo al gusto de sus propietarios Errázuriz-de Alvear, residentes largo tiempo en París donde adquirieron cuadros de El Greco, Manet, Fragonnard y Boudin, entre otros elementos valiosos que pueden verse hoy, el museo parece adecuarse al espíritu de fines del siglo XIX, de un rampante eclecticismo. Menos imponente, su similar uruguayo está mejor resuelto.

Rodin (1840-1917), el últmo genio escultórico del modernismo, cabalgó entre dos siglos, entre la retórica literaria y simbolista y la apertura hacia una nueva concepción creadora con su obra cumbre, el monumento a Balzac. En particular, lo confirman recientes exposiciones, en su formidable producción erótica de los últimos años, deslumbrantes por su inventiva (hace un par de años se exhibieron en el IVAM de Valencia), al igual que Picasso en su vejez.

No es la primera exposición de Rodin. En Buenos Aires y también en Montevideo, en 1971, una memorable selección puso en contacto con su obra original al público ríoplatense. La actual en Buenos Aires, consiste en réplicas, muchas en tamaño reducido, acompañadas por obras de otros escultores importantes (Bourdelle en excelente retrato de Rodin, un delicioso Renoir que además de pintor hizo esculturas, la mediocre Camille Claudel) y otros de segundo o tercer orden que hacen difícil la lectura de la exposición. Se destaca la maqueta fundida en bronce de la chimenea para el Palacio Errázuriz y la correspondencia mantenida entre el propietario y el artista, que finalmente no se concretó. Hay piezas valiosas, por cierto, pero es difícil compartir el entusiasmo de Alberto Bellucci, director del museo, al escribir que sea «uno de los acontecimiento artísticos más relevantes de estos años». En todo caso, el público, mayoritariamente femenino, es el mismo que salió a la calle con ollas y sartenes teflón en apoyo a los gauchócratas, esa burguesía culturosa del Barrio Norte, ajena a la realidad profunda del país. Que, si no estuvieran cegadas por el esnobismo, comprobarían que en el Museo Nacional de Bellas Artes, allí, a pocas cuadras, hay una veintena de trabajos del genial artista, entre ellos el notable La mano de dios. O pasear por plazas y parques de la ciudad y encontrarse con el Sarmiento o El pensador. La frivolidad es también un acontecimiento. En especial cuando proviene del mexicano Carlos Slim, el hombre más rico del mundo y su Museo Soumaya que anuncia su colección de Rodin como la más importante fuera de Francia, ignorando la del Museo Rodin en Washington. En fin.

 

El cubismo y sus secuaces

Otro «acontecimiento», El cubismo y sus entornos en las colecciones de Telefónica, transcurre en el Museo Nacional de Bellas Artes. Eugenio Carmona, curador de la madrileña Colección Telefónica agrupó pintores de diversos países pertenecientes a la colección que, formada hace pocos años, no tiene obras de Picasso o Braque, los inventores del cubismo. Sí, de sus satélites menores (Gleizes, Metzinger, Marcoussis, Lhote, Valmier, María Blanchard) o extranjeros que pasaron por París y recogieron la influencia del movimiento vanguardista más importante del siglo (los uruguayos Barradas y Torres García, las rusas Goncharova y Exeter, los españoles Peinado, Vázquez Díaz y Celso Lagar, anunciado desde el importante catálogo pero ausente en la exhibición, los argentinos Xul Solar y Pettoruti, el brasileño Rego Monteiro). Juan Gris, con numerosas obras, tiene algunas excelentes, aunque lejos de la individual que se hiciera en el Centro Cultural Borges. Dos constructivos de Torres García inician el breve recorrido y no encajan en la muestra así como Barradas en el Retrato de Alberto Lasplaces, afirma su posición contraria al cubismo, en pleno vibracionismo. Como un leve repaso histórico sobre el cubismo la muestra tiene su interés (con destaque para Juan Gris y María Blanchard) y en especial el documentado catálogo con textos de Carmona, Marchán Fiz, Irma Arestizábal y Diana Weschler.

En la sala mayor, una retrospectiva de Juan C. Castagnino, una de las personalidades históricas del arte argentino de los años cuarenta y su producción mural de realismo social, acompañando a Berni, Spilimbergo y Urruchúa, convencidos por la encendida prédica de Siqueiros en su meteórico viaje por estos lugares. La selección es irregular, abunda en obras menores y no ofrece lo mejor de una trayectoria, salvo las excelencias de dibujante.

 

Matilde Marín en CCR

La Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, confirma su justificada fama con exhibición De Natura (zona alterada), perteneciente a Matilde Marín, una argentina conocida en Montevideo. Artista viajera desde siempre, inquieta e investigadora, pasó de la escultura al grabado,al video y la fotografía con enorme sensibilidad hacia los problemas inmediatos que afligen al mundo, a las ciudades. Con deslumbrantes fotografías digitales y analógicas, Marín resgistró, entre 2003 y 2005, aspectos de Bogotá, Paramaribo, Nueva York, Santiago, Buenos Aires, San Pablo, Quito, Barcelona y Medellín, aspectos referidos a los recolectores de basura, a los «carritos» que, en diferentes versiones (como en Montevideo que faltó en esta oportunidad) se multiplican por el planeta en la sociedad del desperdicio y del consumismo. Esas visiones están recreadas con voluntad estética para que el espectador no rechace, por violena, esa realidad y la asuma, reflexivamente, internice esa necesidad a que es empujada la marginación en el informalismo laboral. No menos impactante es la serie de Paisajes alterados, la naturaleza, sacudida por ciclones e inundaciones y la ambición de los hombres o el registro de una video-performance de En día de Karina.

 

Video de Martín Sastre

En Galería Ruth Benzacar dos muestras afines. Diosas de Martín Di Girolamo (argentino de 1965) es un despliegue de esculturas, desnudos femeninos (en masilla epoxi, esmalte sintético, óleo y pluma), representaciones figurativas en el más puro kitsch, una mirada impiadosa sobre las «chicas del caño» que bailan por un sueño, diosas efímeras del farandulismo porteño.

Con otro sentido, más penetrante y reverencial al mismo tiempo, Martín Sastre (uruguayo de 1976), presenta el video Pop n´Porn, realizado en París con Nacho Vidal, actor porno muy conocido, y Alaska, estrella pop, interpretando y parodiando escenas de la película Fiebre, de Armando Bo e Isabel Sarli, y la voz en off de la inefable diva. La idea es feliz pero la interpretación no lo es tanto: es imposible no caer en la caricatura, incluso en las célebres turgencias de Isabel Sarli, inimitables, aunque se nota el dominio de la cámara y los logrados efectos técnicos. Habrá que esperar su inspirada intervención urbana en el Centro Cultural Los Molinos.

 

Lozanía en Pedro Roth

Pedro Roth nació en Hungría en 1938, padeció junto con su familia, las persecuciones y humillaciones del régimen nazi, tuvo una vida nómada por dferentes países hasta que finalmente, en los años cincuenta, recaló en Buenos Aires y estudió realización cinematográfica en la Universidad Nacional de La Plata. Fotógrafo y autor de numerosos audiovisuales hace ahora una exposición pictórica en Galería Laura Haber. Una revelación. Utiliza el acrílico líquido adquirido en Nueva York y lo transforma en manchas de levísima transparencia, sugiriendo formas, personajes, situaciones, itinerancias de un imaginario personal de enorme frescura, casi matissiano en su luminosidad, en acuerdo tácito con el mundo. La violencia lejana quedó atrás y Roth, un talento reflexivo de enorme agudeza, celebra y hace disfrutar, la vida misma.

 

Arte Madí en La Plata

La idea partió de Sofía Muller y Bolívar Gaudin y en principio tenía sentido. Se trataba de incorporar los nuevos adherentes, brasileños y argentinos, al movimiento madí en la
ciudad de La Plata. La organización corrió a cargo del Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de La Plata y su director, el pintor César López Osorio aprovechó la oportunidad para mostrar sus obras.

La selección es desilusionante. Hay autores de Japón, Suecia, Hungría, Francia, Italia, Bélgica, Eslovenia, Argentina, Venezuela, Uruguay y Brasil reveladores de la amplitud universalidad y acaso vigencia que tiene el movimiento. Pero no todos los seleccionados son auténticamente madí. Pueden ser abstractos o cinéticos. Y es curiosa la escasa visión de López Osorio para elegir las obras. Empezando por las del cofundador, Carmelo Arden Quin, con trabajos menores que de ninguna manera debieron figurar. En especial teniendo en cuenta que el museo tiene obras mejores, como las que se exhibía en otro sector del Pasaje Dardo Rocha, junto con una naturaleza muerta de Emilio Pettoruti, fechada en 1935, suerte de premadí.

Con un acervo cercano a las 200 obras madí, no se comprende la selección de extrema pobreza. Se rescatan los nombres de Jean Branchet, Lorena Faccio, Bolívar Gaudín y, es especial, la escultura de Armando Ramaglia, un argentino que acaba de conquistar el primer premio del Salón Nacional, en una original propuesta al actualizar la técnica madí, en el empleo de planchas de vidrio templado y metal en una intersección fuerte de planos, contrastando opacidad y transparencia, lo liso y lo rugoso en una lograda solución espacial. Es de lejos, la pieza de este fallido encuentro internacional. Faltó el rigor (ni hablar del tríptico que oficia de catálogo) necesario a una vanguardia histórica, única que sobrevive desde hace 70 años. Imperdonable.

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