La carrera hacia el fantasma
Su vida hace pensar en un tornado, de temible fuerza, que no es sino viento y polvo. Rodeada y casi acosada por hombres, se la adivina frígida.
Nos conmueve su desatinado sentido artístico, su rebuscamiento en el vestir, la extraña idea de que debemos realizar un «acto hermoso», idea que la lleva, al fin, a su muerte. Siempre recordamos la definición de la histeria por Klages: «reacción de la necesidad de representación sobre el sentimiento de la incapacidad de vivir». El desenlace corrobora su incongruencia con la vida. El Juez Brack, al fin de cuentas, no tiene poder sobre ella. Todo lo que puede revelar Brack es que Hedda prestó una pistola a Ejlert Lovborg, por la que muere en un infausto accidente. Ella sucumbe al miedo de un «escándalo»; pero es un escándalo que no puede existir. Es un viento que un soplo desbarata; pero su temor a que se descubra el préstamo fatal nos oculta lo peor, toda las sugestiones e incitaciones de Hedda para destruir a Logborg que indirectamente le causan la muerte. Este es, para nosotros, el momento magistral de Ibsen. Nos muestra hasta qué punto pueden ser convincentes los histéricos; hasta el punto de engañar a los espectadores, que se ponen del lado de Hedda, pese a que tienen todo a la vista. La seducción de la protagonista opera hasta el final; y sobre todo en el final.
El drama de Hedda Gabler tiene una estrecha relación con el tiempo presente. Su vacuo afán de «belleza» anuncia la cultura del narcisismo que vivimos hoy; y no está de más recordar que Narciso se suicida. Como nunca en la historia del hombre, estamos en una época de representaciones en el vacío: basta ojear, de soslayo, los programas más vistos de la televisión para comprobarlo. La imagen, en la impalpable lámina del monitor, es todo, y hacia ella va todo el esfuerzo, el sacrificio y hasta la vida de muchísimas mujeres y hombres. Como antes con el «bronceado», que condujo al cáncer de piel, para lograr una imagen que durará unos minutos, las mujeres orillan los peligros de la anorexia, ambos sexos se someten a dolorosas intervenciones para reducir depósitos de grasa y para ampliar o corregir nuestro exterior; y no sabemos la cantidad y calidad de estupefacientes que se consumen, detrás de la pantalla, para estar en forma en el minuto supremo.
La puesta en escena de Fernando Rodríguez Compare fue, como siempre, sutil, delicada y convincente. Debía poner en escena un drama de la última década del siglo XIX; y por más actual que veamos a «Hedda Gabler», es evidente que no podría suceder hoy; y el drama debía verse en el espacio mínimo, que no es propiamente un escenario, de la sala «Antonio Larreta» del Carrasco Lawn Tennis. Lo obvio, y también erróneo, habría sido la transposición al momento actual; Rodríguez Compare situó la acción hacia los años 1920 o 1930, con el suficiente efecto de lejanía, de visitar mundos extraños, pero inquietantemente similares, en la máquina del tiempo. La dirección de actores fue de primer orden. Tuvimos el placer de admirar las plenas realizaciones de Laura Barboza (Hedda) en un papel complejo y de riesgo, que realizó de maravilla, a Daniel Torres (Brack) en un personaje ni sencillo ni obvio, a Fernando Amaral (Jorgen Tesman) cuyo registro de actuación parece ilimitado; pero en un elenco cuya solvencia estuvo siempre por encima de la media, Stella Cuña (Juliana Tesman) dijo, con su magnífica voz, qué es el verdadero amor y cuál la verdadera vida.
No podemos dejar de mencionar la curiosa reacción de una parte del público, que no paraba de reír a cada frase de la obra, ya fuere de tinte humorístico, que las hay a menudo en «Hedda Gabler», sino simplemente ante frases adecuadas, expresivas, congruentes con los personajes. El público tiene derecho a opinar, aún durante la obra, y no son buenas ni las atenciones pasivas ni los aplausos mecánicos; pero el día del estreno el contraste entre la acción y las risas debió ser harto incómodo para los actores. No podemos decidir si «Hedda Gabler» no llega al público de Carrasco o si llega demasiado, si Ibsen está mentando la soga en casa del ahorcado. De un modo u otro, es pertinente aquí la sagaz observación de Marcel Proust: «La idea de un arte popular, como la idea de un arte patriótico, si no fuera peligrosa me parecía ridícula. Si se trataba de hacer accesible al pueblo, sacrificando los refinamientos de la forma, ‘buenos para ociosos’, yo había frecuentado bastante gentes del gran mundo como para saber que son ellos los verdaderos iletrados, y no los obreros electricistas…» (Le temps retrouvé, Gallimard, «folio» 1981, pags. 248/249).
HEDDA GABLER, de Henrik Ibsen, con Laura Barboza, Stella Cunha, Virginia Rodríguez, Fernando Amaral, Guillermo Robales, Cristina Sartori y Daniel Torres. Escenografía de Alvaro Domínguez, vestuario de Verónica Lagomarsino, ambientación sonora y dirección general de Fernando Rodríguez Compare. Estreno del 1º de agosto, en la sala Antonio Larreta del Carrasco Lawn Tennis.
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