Pequeño gigante. Así lo llamaban por su exigua estatura

A propósito de la desaparición del saxofonista Johnny Griffin

Hasta sus últimos días se mantuvo fiel al jazz que había aprendido junto a Lionel Hampton, Thelonious Monk, Art Blakey, Eddie «Lockjaw» Davis y otros fenómenos con quienes le tocó trabajar.

Nunca abandonó el jazz acústico y tampoco ocultó su desinterés por las fusiones electrónicas. Ya sexagenario manifestó en una entrevista realizada por el italiano Ugo Sbisà: «No creo que estemos atravesando por un buen momento desde el punto de vista de la música. Cuando yo era joven, asistíamos a los conciertos de las grandes bandas y recibíamos lecciones preciosas de los ejecutantes. Hoy la escena es diferente y el jazz ha perdido popularidad, porque ha cedido paso al rock, que ha destruido mucha cosa, comenzando por el oído del público».

«La nuestra es una música difícil porque induce a la gente a pensar, le mueve su interior», continuaba Griffin. «El rock, el pop y esas variantes, son músicas de entretenimiento hechas para distraer. Por eso estimo a los jóvenes que asisten a las escuelas de jazz, aunque creo que el mejor aprendizaje se logra tocando con los buenos músicos».

Nacido en Chicago el 24 de abril de 1928, Griffin tocó el saxo alto en la banda del colegio por el que pasó de visita la orquesta de Lionel Hampton en 1945. El célebre vibrafonista necesitaba un saxo tenor y Griffin no tuvo mayor inconveniente en adaptarse a dicho instrumento.

Hasta 1951 estuvo viajando con la orquesta por distintos estados, pero el contacto con Dizzy Gillespie, Charlie Parker y Bud Powell lo inclinó decididamente hacia el bop. Su práctica constante del saxo le permitió desarrollar un estilo de fraseo vertiginoso, con improvisaciones desbordantes, impulsivas y plenas de swing.

Vuelto del servicio militar, grabó para Blue Note en 1957 un disco magistral, «A blowing session», junto con John Coltrane y Hank Mobley. Al año siguiente ingresó en los Jazz Messengers de Art Blakey y en 1958 estuvo en el memorable cuarteto de Thelonious Monk. Dos años después formó dúo de saxos tenores con Eddie «Lockjaw» Davis.

La fama y el éxito parecieron estar de su lado, pero problemas financieros lo empujaron a radicarse en Europa en 1963, donde fue recibido con muestras de entusiasmo. Luego de tocar en Inglaterra, Suecia, España y Holanda, fijó residencia en Francia, donde permaneció actuando en conciertos y grabando discos, querido y aplaudido hasta el fin de sus días.

La discografía de Griffin es muy extensa y de sobresaliente calidad. Desde su primer álbum como líder, «Introducing Johnny Griffin» de 1956, con Max Roach y Wynton Kelly, la lista de discos recomendables puede incluir «The little giant» de 1959, «The man I love» de 1967, «Live in Tokyo» de 1976, «Call it wachawana» de 1983 y «Dance of passion» de1992.

Algunos de ellos fueron grabados en sus «escapadas» a su país natal, como el titulado «Bush dance» (¡nada que ver con George W.!), registrado en Berkeley, California, en 1978, que contiene una despampanante versión de diecisiete minutos del clásico «Night in Tunisia». Según el crítico británico Derek Ansell, «el álbum es Griffin del mejor, con el saxo fraseando en la conspicua tradición del jazz. Muestra las raíces de Ben Webster y Charlie Parker, con toques soberbios al estilo de Sonny Rollins y John Coltrane».

Su última actuación en vivo fue el 21 de julio, en una localidad cercana a Availles, cuatro días antes de su muerte.

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