Arte

Sorpresas y perplejidades

Si la semana anterior hubo un intervalo interesante en los convencionalismos locales, muy pronto la opacidad y los tímidos esfuerzos por marcar presencia de cualquier manera, se volvieron a imponer. El visitante tenaz y regular de exposiciones puede preguntarse acerca de esa irresistible necesidad de renovar la cartelera de la nada de ayer a la nada de hoy. Un caso patético ocurre en el primer piso del centro MEC. Ezequiel Steinman, curador argentino, licenciado en arte, pergeñó Cero Uruguayo que obedece a tres instancias de un cronograma que se inició con La vista gorda, integrado por Nicolás Barcia, Gerardo Podhajny y María Noel Langone. Si el director de cultura Mardones apunta con acierto, aunque en formulación errada, hacia la televisión chatarra, cómo es posible tolerar tanta basura en el patio de sus oficinas que, lejos de emular a un Jason Rhoades en memorable trabajo para la Bienal de Lyon, es una asqueante acumulación de desperdicios urbanos sin metáfora posible. Ese piso superior y la entrada anidan experiencias fútiles ahuyentando a un público que decidió desertar del espacio oficial al que todo ciudadano tiene derecho de tener un buen servicio.

 

Fotógrafo y espacio escénico

Como desertó del espacio municipal de Plaza Fabini. Ahora, luego de larga ausencia, recupera la dignidad con el fotógrafo Federico Rubio en una vuelta de tuerca a su producción. Botánica denomina Rubio a su muestra deteniéndose en detalles reveladores de plantas y flores para aislarlos en macrofotografías hechas con las viejas cámaras de placa y fuelle. El resultado es de notable exquisitez y refinamiento formal actualizando la estética fotográfica de los años veinte y treinta. Empero, aún seductores,.los numerosos trabajos alineados en monótona hilera, resultan fatigosos y el receptor (títulos con nombres científicos sin el agregado del vulgar) ve declinar el entusiasmo a medida que avanza en la observación.

En la Sala Cero, una experiencia singular. Freezer, un dispositivo escénico que transcurre en un cubículo blanquísimo de 4 x 4 metros, con cuatro puertas por las cuales entran, actúan en silencio y salen cinco personajes con pasmosa naturalidad, inspirados en la narrativa de Mario Levrero a la que el espectador elabora su propio guión. Dirigida por Mariana Marchesano y Natalia Viroga, el grupo (actrices, músicos, bailarinas, artistas visuales procedentes de los talleres de Carolina Besuvievsky y Florencia Varela) funciona con acertada articulación de movimientos y gestualidad, en una experimentación que suele hacer en casas deshabitadas. Martes a domingo a las 16.00 y a las 18.00, y secuencia completa de jueves a sábado a domingo a las 19.00 y 20.00 (Centro Municipal de Exposiciones).

 

Lectores del mundo unidos

En el caracoleante circuito de lugares expositivos difuminados por la ciudad, hay un remanso gratificante en muchos sentidos (menos la cafetería que perdió la calidad de otrora) en el Centro Cultural de España. A las excelencias de Carmen Muñoz y Juan Burgos (lo mejor que hizo hasta hoy) ya comentadas en esta página, se agrega la sorpresa del fotógrafo Panta Astiazarán. Sorpresa porque en su extensa y prolífica trayectoria nunca reveló la agudeza de concepción manifestada en Páginas diarias: lectores de diarios alrededor del mundo. De un vasto material elaborado en sus viajes alrededor del mundo, supo seleccionar momentos intensos y definitorios de un país, un lugar, una situación.. Desfilan parroquianos, vendedores ambulantes, guardias policiales, visitantes de jardines públicos, gondolieros venecianos, empleados de comercio que, en algún alto de su tarea, se dedican a la lectura del diario en el suelo, acostados, sentados, en la calle o el interior de cafés.

Admirablemente contextualizadas y muy bien presentadas, la lectura se inicia con imágenes en el mítico café Sorocaba, hace varias décadas, que solo los veteranos sabrán apreciar y emocionarse debidamente, sigue en el carnaval de Río de Janeiro, la paulista iglesia Nossa Senhora da Aparecida, delante de la ceremonia de cremación en India, los guardias de la Torre de Londres, en una estación de ferrocarril en India, los monjes tibetanos, en los jardines de Luxemburgo o en un bistró típico de París, en una funeraria en Malasia, en un ómnibus con camas en China, un receptor de visitas al dentista o un cuidador de camellos (falta un catálogo a la altura de la muestra para identificar cada foto).Y en todas esas situaciones disímiles la cámara captura al protagonista y su contexto, el entorno y los objetos que los individualiza y los define. No hay que ir a ver esta exposición, hay que correr a disfrutarla.

Otro fotógrafo a tener en cuenta es Christian Rodríguez (1980) en el Teatro Solís. La muestra se llama Jetée (incorrectamente escrita en el programa) y alude a un paso del ballet clásico. Reportero gráfico de diarios y agencias internacionales, Rodríguez hurga el lado oscuro del trabajo de los bailarines que ya hiciera con dureza Degas en pintura y escultura. Es que la hermosura que despliegan en el escenario, el rigor y la disciplina, la admiración que despiertan esos cuerpos frágiles, están basados en la terrible deformación de los miembros, los pies de las bailarinas se reducen a muñones, los músculos exagerados y deformes por el esfuerzo físico en la búsqueda de la perfección, el sudor y el cansancio. Esa mirada escrutadora, que el aficionado a la danza no ve, aquí aparece registrada con implacable veracidad: piernas que parecen un escultura expresionista, manos ajadas y enjoyadas reveladoras de un antiguo esplendor, dedos destrozados, piel empapada por la fatiga. Luces y sombras de una actividad artística.

 

Rutina y pecados

Dos pintores peruanos recalaron en el Museo Zorrilla con un repertorio formal bastante similar. Venancio Shinki (1932) abreva en un surrealismo figurativo cercano al de Jorge Damiani y si bien lo ejecuta con honorable capacidad expresiva no escapa a los estereotipos del género. Más abstracta, Elda Di Malio (1946), continúa un aposición similar aunque sin la firmeza dibujística de su colega mayor.

De repente, en un bache de su programación, la Alianza Francesa recibió Las artes visuales en pecado, serie de instalaciones y performances sobre los pecados capitales, un difícil connubio entre plásticos y poetas, que puso en evidencia la fragilidad de las ideas y de su formulación. Se olvida fácilmente. Pero el mayor pecado, pretextando un homenaje al fallecido Mario D ´Angelo (con una obra que el gran outsider del arte nacional no hubiera aprobado) es la participación de Jacqueline Lacasa, directora del Museo Nacional de Artes Visuales, desdoblada en artista. Por elegancia funcional desde el alto cargo que ocupa, debió abstenerse de participar.

Otra ráfaga de olvido inmediato sacude Erótica Rodelú en la Colección Engelman Ost. El erotismo faltó a la cita y, salvo la pequeña fotografía digital de Cecilia Vignolo (desnuda, claro) y (según opinión de quienes asistieron), la performance de Clemente Padín. Sergio Porro está muy bien como pintor pero las flechas de Cupido no son suficientes para esa visión distanciada y congelada del tema en cuestión.

Aunque continúa por todo el mes, Animalería de Carlos Palleiro está lejos de su inventva de diseñador gráfico como lo demostró en una buena retrospectiva hace años. Agrandar, plotear y pegar en la pared pequeñas ilustraciones para niños es deformar el original y borronear una trayectoria que, en contados apuntes revela su prestigio bien conquistado.

En la primera muestra (Galería Latina), Francisco Freccero, técnico automotriz y electricidad, se propuso para superar los quebrantos de salud, indagar las posibilidades de la artesanía con desechos varios. Maneja algunas ideas interesantes: Corte de cerebro adolescente masculino acumula hamburguesas, pelotas de fútbol, sexo y algún pequeno libro, en Utero e
labora una metáfora de los alimentos maternos que perjudican a los bebés y así siguiendo, en tono admonitorio sobre el comportamiento humano, procurando humor y análisis lacaniano. No obstante, cuando se libera de la narrativa anecdótica ( Wyatt), sobria composición en madera, sus logros parecen más atendibles.

Die berliner Sphinx, en traducción, La esfinge berlinesa, de Francisco Tomsich (Instituto Goethe) es el resultado de una investigación por los museos de la capital alemana, con referencias a la famosa liebre de Beuys, a un cuadro de Gustave Moreau y otros referentes distribuidos con total inercia formal o mejor, la incapacidad para establecer un acuerdo entre la idea y la formalización adecuada. Con tres antecedentes poco felices o recordables en pintura, instalación y fotografía, Tomsich domina mejor el oficio de comentarista de libros. El resto es silencio.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje