Tres desafíos alentadores
Que aparezca, casi de repente, un nuevo espacio cultural en la Ciudad Vieja en una casona de 1856, espléndidamente reciclada, es un acontecimiento a celebrar. Y que además de esa intrepidez en tiempos difíciles y tambaleantes de la economía global, ponga el acento refinado en el cruce de diferentes ámbitos y lenguajes artísticos con una agenda atractiva e inusual, con nombres poco frecuentes o desconocidos, doble celebración. Es que La pasionaria irrumpe como una tabla de salvación en el convencional gusto que, por instantes, roza la vulgaridad instalado en la muy fiel y reconquistadora.
La pasionaria recibe su nombre no del histórico personaje de la España republicana sino de la olorosa flor americana. Para afirmar la resiliencia de una identidad cultural que amenaza diluirse en el glamoroso encanto de la superficialidad populista. Una fachada severa, donde estuvo Manos del Uruguay, con sus rejas y lunetas típicas del viejo urbanismo montevideano todavía sobreviviente y que, lentamente, remozan el deterioro barrial instalado por la incuria de los intendentes de turno, incluido un lustroso arquitecto. El interior recuperó el pasado esplendor actualizado con las necesidades que exige la sociedad de hoy en el campo del diseño en todos sus aspectos. Pero sobre todo se tuvo el cuidado de establecer la fusión de elementos de un memorioso ayer con la incorporación de puertas del London París, mostradores de La Madrileña y mesitas del Jockey Club y la calidad y calidez de una cafeteríarestaurante equipada con muebles, estanterías y luminarias que obedecen a una solución integral del ambiente. Nada parece dejado al azar. Es cierto que todavía se siente cierta frialdad de las paredes recién terminadas pero los objetos de jóvenes creadores y otros mayorcitos, recrean un ambiente luminoso, disfrutable, un diálogo entre el patio con sus restos de un primitivo aljibe cubierto de azulejos tradicionales y las habitaciones de los dos pisos unidos por deliciosas escaleras de hierro y una de mármol (blanco como todo el edificio), con librería y sala de exposición. Una intervención feliz, realmente, a la que se desea larga vida.
Oriental en Oriente
Con apenas cuatro unipersonales realizadas, Juan Burgos tiene conquistado un sólido prestigio. Sus envíos a muestras colectivas siempre han sido provocativos e incitantes, irreverentes en su temática de empinado barroquismo. Investigador y experimentador constante en la técnica del collage a la que condujo hacia un virtuosismo insuperable, Burgos solicitó y obtuvo una beca del exterior para auscultar la realidad en el gigante asiático, la República Popular China y su capital Beijing. De esa estadía de 33 días, extrajo una experiencia notable que supo aprovechar y dar una decisiva variante a su estética. El contacto personal con una sociedad tan ajena a los cánones occidentales no fue óbice para capturar lo esencial de la misma, golpeada por el consumismo y contaminación ambiental a un grado exponencial por la desmesura populacional.
Si el arte chino contemporáneo desplazó al japonés (ahora el surcoreano con insólita vitalidad amenaza a los dos), ya en 1993 la galería Bellefroid de París exhibía al notable Wang Guangyi (al mismo tiempo participó en la bienal véneta) con su impresionante pop político, ahora Burgos retoma ese antecedente y a la manera Robert Rauschenberg en sus combine-painting, despliega en el Centro Cultural de España imágenes que sacuden al visitante por su contundencia.
La madriguera del conejo es el título elegido por Burgos, una alusión al libro Alicia en el país de las maravillas, texto que actúa como pretexto o apoyo para ventilar un mundo convulsionado y en ebullición, contradictorio y febril, donde lo nuevo y lo viejo, son sometidos a una impiadosa mirada irónica que se proyecta en Giogi in China, una gigantografía en papel afiche de 1000 x 345 cm, de impactante efecto visual. De un original mucho menor, Burgos amplió, escaneó y ploteó hasta obtener ese monumental fresco afichesco. En una vitrina, dos pequeños guantes iniciáticos, no sólo aluden a Lewis Carrol, sino también a la obsesionante constatación de Burgos del uso de guantes blancos por barrenderos y taxistas pekineses. La complejidad de la lectura que parece hacerse de derecha a izquierda (como la lectura oriental) con la figura de Mao Zedong sonriente ante el abigarrado espectáculo, está poblada de alusiones y símbolos de dos culturas diferentes y dialogantes.
Sin embargo para el receptor atento, son dos afiches de propaganda intervenidos con collage donde la sabiduría conceptual y técnica de Juan Burgos alcanza la perfección en la extrema sutileza del procedimiento.
Buena tarjeta de presentación
Si bien no es la primera muestra individual, puede considerarse así a la que realizó, por apenas 10 días, hasta la semana pasada, Karla Ferrando en Colección Engelman-Ost. La llamó Muy simple y ofreció diversidad de posibles senderos a recorrer. De profesión maestra y egresada del IENBA, la didaccia se manifiestó en el montaje y la presencia de la incombustible caligrafía escolar. Por un lado, pareció contagiarse de la excelente dibujante colombiana Johanna Calle en la circularidad de la escritura conocida en el Museo Nacional de Artes Visuales en 2004 ( Recuperación del tiempo, Estoy perdida), en otros, empleó objetos recordativos (globo desinflado en Eterna felicidad, zapatitos de niño en Dulce amor), frases sueltas, luces y máquina de escribir que rondan el conceptualismo. Todo ejecutado con la comodidad de deslizarse por la existencia cotidiana recogiendo trozos de felicidad y tristeza, como en la vida misma.
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