Ascendente. Un cantante que triunfa en la cuna de la ópera

El uruguayo Erwin Schrott,  un Don Juan del arte lírico

La estrella ruso-austriaca Anna Netrebko anuló su presentación por segundo año consecutivo ­esta vez por encontrarse embarazada­ pero su compañero en la vida real, Erwin Schrott, está muy presente en este templo de la ópera que es Salzburgo.

En la puesta en escena del alemán Claus Guth, que exige mucho a sus cantantes, Schrott impone un Leporello (el compañero de fatigas de Don Juan) enérgico, que trepa a los árboles y va de yonqui sin poner en peligro su canto generoso.

«Por la noche, después del espectáculo, podría cantar de nuevo, pero interiormente estoy vacío», explica el barítono bajo a la AFP.

En «Don Juan», Erwin Schrott ya ha cantado Leporello (Covent Garden de Londres), Don Juan (Washington y pronto la Metropolitan Opera de Nueva York) y Masetto (Opera de París). De estos tres personajes, siente debilidad por Leporello, «el más humano», «lleno de contradicciones».

El 2008 quedará como un año clave en la carrera de este seductor moreno de 35 años: además del «gran honor» de actuar en la ciudad natal de Wolfgang Amadeus Mozart, donde «tratan la música como un tesoro», acaba de publicar, en una «grande» (Decca/Universal), su primer recital discográfico.

«Cuando me propusieron hacer este álbum, hace dos años, me quedé muy sorprendido. Pensé: ‘son los tenores y los sopranos los que graban discos'», confía el barítono bajo, un timbre de voz que las discográficas consideran que vende menos.

Esta grabación es «un regalo para mi padre y mi madre: pienso que están felices y muy orgullosos de mí», añade.

Nacido en el seno de una familia más bien modesta de Montevideo donde apenas adolescente ayudaba a su padre a lavar automóviles, Schrott seguro que no había soñado con un destino de estrella del mundo lírico.

Su vocación musical nació muy pronto en esa «casa donde todas las músicas eran bienvenidas en permanencia».

El joven Erwin Schrott cantó en un coro, fue a clases particulares, pero buscó algo más. «Empezaba a pasar de un profesor a otro, intentaba encontrar algo, pero sin saber qué», dice.

Montevideo y luego Buenos Aires se le quedan pequeñas. Viaja a Europa pero pasa un tiempo sin mayor relieve en Italia y fracasa en un concurso organizado en Viena.

Dos premios (del público y del jurado) en el concurso Operalia del tenor español Plácido Domingo, en 1998, lanzaron de verdad su carrera. «Después de aquello, recibí muchas ofertas, de todas partes, ¡y creo que rechacé como el 95%! Preferí avanzar pasito a paso, con papeles que me permitían estar en el escenario y al mismo tiempo seguir aprendiendo», explica Schrott.

Ahora, el cantante tiene compromisos hasta 2012 y más. «Es ridículo, una locura», dice con humor, al asegurar que «lo más difícil es rechazar» proyectos interesantes.

Pero no disimula el placer que le supone pisar un escenario: lo «necesita» para mantener un «contacto emocional con el público».

Y paladea el hecho de pertenecer a una brillante generación de cantantes líricos latinoamericanos, junto con el mexicano Rolando Villazón o el peruano Juan Diego Flórez, «ellos tenores», recalca, como para subrayar su singularidad.

¿Y él es bajo o barítono bajo? «Llámeme como quiera y yo cantaré lo que yo quiera», concluye con humor.

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