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Shakespeare es el más grande

­¿Autores favoritos?

­Más que nada hay obras que uno ama. A la hora de elegir no hay que decir «quiero hacer Hamlet», se debe ver qué puede hacer uno con esa pieza, algo personal. Existen autores como Shakespeare que uno siempre quiere hacer. Es el autor más importante de todos los tiempos, es como una suma de todas las psicologías humanas. Después me quedo con Chejov, porque «El jardín de los cerezos» es una de las obras más perfectas. Además mientras Shakespeare habla de personajes aristocráticos, Chejov habla de la clase media y los aristócratas en decadencia. Son dos autores que me condicionan mucho.

­¿El espectador hace catarsis en el teatro?

­A veces sí, los griegos decían que había que hacerla. Después llegó Bertold Brecht que dijo que no había que hacerla porque hace funcionar solamente los sentimientos y no a la razón. Ocurre que la catarsis es una liberación momentánea de las pasiones personales. Cuando uno sale del teatro en definitiva la vida no le cambió. Por eso Brecht planteaba que no se cambia el mundo sólo con los sentimientos. Yo creo que el problema es cuando la obra se queda sólo en conmover. El teatro es mucho más que la catarsis. No puede cambiar al mundo pero puede lanzar un granito de arena en favor de ese cambio.

­¿Cómo es trabajar con Tabaré Rivero?

­He hecho tres obras con Tabaré. Para mí es muy niño en algunas cosas, en el buen sentido del término, muy abierto, se calienta fácil y se tranquiliza fácil.

Podemos discrepar pero sabemos hasta dónde llegar y volvemos al cauce. Esconde detrás de su rebeldía una condición de inocencia muy grande. Nos quedamos con su imagen furibunda en el escenario pero tiene mucho de juego infantil. No es falta de madurez, es una cualidad que es necesaria tanto para el actor como para el músico.

Alfredo Goldstein, director

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